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Las relaciones maternofiliales han estado muy presentes en varias películas de las secciones Zonazine y Documental, que se han aproximado a los distintos tipos de maternidades y modelos de familia en Mamá está acá (Claudia Abend y Adriana Loeff, 2026) o al proceso de enfrentamiento a una enfermedad inesperada tal y como plantea Javier García Lerín en el cortometraje Los días azules (2025). Todas estas películas arrastran un denominador común, el dolor, que aparece retratado en su vertiente más primaria. En este sentido, dos largometrajes filman encuentros y separaciones entre madres e hijos construyendo su mirada hacia los vínculos familiares desde la dimensión temporal. Dentro de la sección oficial Zonazine el cineasta peruano Samuel Urbina presentó su ópera prima titulada Aquella sombra desvanecía (2025), en la que narra la prolongada despedida de Sol, una tecladista funeraria, y su hijo Junior, que pronto acabará la universidad para irse a Lima a buscarse la vida. A través de largos planos fijos Urbina se detiene en los paisajes del desierto norteño de Piura, ahondando en los silencios que pueblan los trayectos compartidos en coche y la barrera simbólica que parece haberse levantado entre ellos desde que la idea se puso sobre la mesa. Esa mirada extendida en el tiempo conecta con el cine de Lisandro Alonso y especialmente con Liverpool (2008), donde la extrañeza de la vuelta a casa nacía también de la pausa y el silencio. Aquella sombra desvanecía, por el contrario, registra el fin paulatino de ese sentimiento de hogar y profundiza en la necesidad de avanzar. Urbina además estructura la película en tres tramos divididos por cada una de las palabras del título y su definición. Y es que las palabras constituyen un elemento esencial de la obra, tanto por su escasez como por el interés militante del hijo en la poesía, vehículo por medio del cual expresa sus anhelos de mudarse a la capital y cuestiona el estatismo vital de su madre. Las dinámicas de migración a la gran ciudad se funden con el arraigo a la tierra, la incomunicación y las miradas contenidas, en un relato sobre la separación y la aceptación mutua.
En El mapa para tocarte (2026) –sección oficial de documentales– Mercedes Afonso plantea una apuesta formal totalmente diferente, pues es la cámara de su móvil, temblorosa, con filtros preestablecidos y siempre pegada a su mano, la que retrata su propia vida y su experiencia como madre de dos hijos. En un proyecto de diario filmado que se alarga más de diez años, Afonso recorre su universo propio compuesto por los pasillos de su casa, las ventanas y los paisajes de la isla de La Palma, en cuyo centro se encuentran Airam e Irene. En el lapso de tiempo que abarca la película, la cineasta registró el brote de la enfermedad de PANDAS que sufrió Airam que, unida al síndrome de Asperger que padece, le produjo graves alteraciones de salud y dificultó su relación con el entorno y con su familia. Ese espacio reducido cobra aquí verdadera importancia, la casa se filma como contenedor del dolor (sus puertas cerradas y pasillos laberínticos) pero también de alivio cuando el sol baña la terraza e ilumina los rostros. El resultado es una invitación a acceder a la intimidad de un hogar y a concebir este personalísimo retrato de vulnerabilidad como una vía de sanación. Este proceso cinematográfico y emocional culmina en una inversión de roles en la puesta en escena, ya que es Airam quien, en el final de la película y ya lejos de esa casa, de la isla y de su familia, se graba a sí mismo para enviárselo a su madre mientras reflexiona sobre todo lo que ha ocurrido.
Nacho Álvarez








