Carlos Losilla

El desbordamiento narrativo de la última película de Anthony Chen procede de un desbordamiento económico, el que ha afectado a Singapur en las últimas décadas, como a tantos otros países asiáticos. Pues ese exceso en el relato viene igualmente de los aparatosos cambios en el modelo de familia, en el entorno laboral y en el modo de vida de los singapurenses. Se podría decir que el nuevo capitalismo lo ha cambiado todo, incluso la manera de narrar. Y que el grupo humano que retrata Chen en We Are All Strangers –el padre que regenta un pequeño bar especializado en fideos y que empieza a cortejar a una de las camareras, el hijo que se casa con una muchacha de una clase superior a la suya con una madre rica y posesiva, o el entrecruzamiento de todos esos personajes y aún más– no quedaría plasmado en la pantalla de la misma manera si las condiciones políticas del país fueran otras. La buena noticia, además, es que el film de Chen no fuerza su puesta en escena para que eso sea así. Por el contrario, los apuntes sociales y económicos surgen espontáneamente de la historia o la saga familiar. Cada suceso de la película es hijo de su tiempo, pero también de las nuevas formas audiovisuales.

El teléfono móvil, por ejemplo, desempeña un papel destacado durante todo el film, hasta el punto de dominar el segmento final a partir de una inteligente utilización de las imágenes de Tik Tok. De la misma manera, la soltura con la que Chen retrata la ciudad convirtiéndola en un gran decorado, en un puñado de escenarios donde los personajes pululan y se mueven sin cesar, es igualmente elocuente respecto a ese capitalismo que ha cambiado los locales tradicionales por centros comerciales presididos por McDonald’s y ha convertido a los simples granujas en especuladores inmobiliarios. Chen tampoco renuncia al melodrama, ni siquiera al folletín, y su saga familiar cambia de tono y registro con la misma facilidad con que pasan los años y los personajes evolucionan. Se podrá decir que We Are All Strangers es demasiado complaciente con su audiencia, que a veces amontona acontecimientos sin pensar demasiado en la coherencia del resultado final, pero no que es un film fácil o sentimentaloide, como podría parecer a simple vista. Pues incluso eso es consecuencia de una situación histórica que pone cada vez cada más difícil la aparición de imágenes renovadoras, si no es evocándolas a partir de su ausencia.