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El relato de Marianna, una mujer transgénero polaca, arranca con un plano general del escenario de un teatro vacío en cuyo centro se encuentran tres sillas rodeando una mesa de trabajo. En ellas se sentarán la protagonista, la directora y el guionista de la cinta, para que Marianna, en un ejercicio de exorcismo personal de su pasada identidad, reconstruya junto a los artífices de la obra su accidentado camino hacia su libertad individual. Una decisión formal que aporta una cualidad particular y tremendamente intimista a esta oda por la lucha hacia la libertad de género. Porque a medida que el espectador se adentra en este fascinante híbrido entre ficción y documental, será testigo de la construcción de un relato casi en tiempo real. Su directora, Karolina Bielawska, hace uso de material de archivo, las mencionadas sesiones de preparación de la obra audiovisual y la reconstrucción intimista pero tremendamente respetuosa del día a día de Marianna, sin caer en la tentación del efectismo sensacionalista o el realce sonoro para subrayar lo mostrado por sus imágenes, exceptuando los insertos de archivo que sirven para que Marianna se despida orgánicamente de su identidad pasada, de manera –aquí sí– puntuada por los bellos acordes instrumentales del grupo musical Antony and The Johnsons.

Es la única concesión sentimental desde el punto de vista estilístico de la obra. Porque Bielawska busca en todo momento dejar respirar y aportarle un espacio vital íntimo y respetuoso a Marianna. El espectador es testigo de su día a día, de sus alegrías y decepciones, de los obstáculos que se sitúan en su camino, del dolor de enterrar parte de su ser en su camino de redescubrimiento personal. Pero lo hace desde una distancia formal que únicamente rompe cuando se acerca al rostro de la protagonista. Un rostro que la directora escudriña, reconstruye y recompone, casi como espejo y reflejo de lo que la propia Marianna realiza, a partir de superficies reflectantes, a lo largo de todo el relato.