Los movimientos de cámara laterales, que recorren el espacio en paralelo a lo que se muestra, suelen indicar distancia e incluso a veces indiferencia. Black Dog, el último film de Guan Hu, está lleno de ellos, pero quizá signifiquen otra cosa. La película se estructura a base de planos amplios, en scope, que dejan ver una gran cantidad de tierra, cielo, objetos y cuerpos, y no obstante, cuando la cámara los recorre desde un exterior más o menos lejano, es como si esas grandes extensiones sufrieran algún tipo de deterioro: a medida que la audiencia va tomando posesión visual de ellas, su presencia –de algún modo– se erosiona. Así, la fragmentación, en Black Dog, tiene lugar en el interior de la gran superficie del plano, no a través del corte y del montaje, ni siquiera de la partición del relato. Y quizá por eso se erige en la mejor manera posible de narrar las transformaciones que está sufriendo China, tan perceptibles, para sus habitantes, como esa lenta destrucción del espacio, pues en el fondo es de lo que se trata, sobre todo si tenemos en cuenta que el film transcurre en vísperas de los Juegos Olímpicos de Pekín, 2022. La ciudad a la que vuelve el protagonista tras salir de la cárcel está desapareciendo para dejar paso a otro tipo de estructuras urbanas que todavía no resultan visibles, y es esa mutación la que se deja ver lentamente, como si resultara visible solo cuando se recorre. De ahí los perros abandonados por sus dueños que invaden las calles como fantasmas de sí mismos. Y de ahí, igualmente, la presencia volátil y silenciosa del protagonista, testigo mudo de esa desaparición.
Black Dog se basa principalmente en un efecto de repetición. Una y otra vez recorremos esas calles, las casas con los cristales rotos, los espacios que se esfuman, el zoo y las vallas, los pasos a nivel y los interiores destartalados. Y una y otra vez esos lugares que se convierten en no lugares vienen y van, como el propio protagonista y el perro negro abandonado del que se apropia, violento con los demás, pacífico solo en su compañía. El perro negro es la distinción, aquello que se resiste a desaparecer, lo que se mueve tan rápido que resulta ilocalizable. El perro negro es lo único que se esfuma sin dejar rastro. Esta poética abstracta del espacio y el movimiento –de la cámara, de los perros, de los humanos– da lugar a un film casi de ciencia ficción, una sucesión de paisajes lunares que adquiere una extrañeza aún mayor cuando se produce un eclipse de sol. A veces, la insistencia en estas oleadas de sentido se hace gravosa, no parece tener fin, da vueltas sobre sí misma y se estanca. En otras ocasiones, sin embargo, la acumulación provoca un efecto musical, un canto atonal que sobrevuela las imágenes como un manto de polvo. Black Dog es una película sin rumbo que hace bandera de su desorientación. Como el propio país cuya identidad en tránsito pretende reflejar.
Carlos Losilla











