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Exploración meditativa y lírica en los entresijos de la soledad y la comunicación entre las calles tumultuosas de Mumbai, el primer largometraje de ficción dirigido por Payal Kapadia (cineasta india de 38 años, directora del valioso documental A Night of Knowing Nothing) se presenta ante nosotros como una delicada y preciosa figurita de arena que se fuera a desvanecer apenas la rocemos con la yema de los dedos. Su tapiz impresionista de Mumbai atrapa entre sus vericuetos a tres mujeres prisioneras de sus circunstancias y de los códigos sociales que rigen su hábitat cotidiano, pero lo hace con los mimbres de una sinfonía urbana que, lejos de subrayar o ilustrar ningún discurso, se despliega –pudorosa y furtiva a la vez– en forma de capas, fragmentos y esquirlas que la cámara de la cineasta parece arrancar, casi sin proponérselo, al latir más íntimo de sus criaturas. Prabha y Anu trabajan como enfermeras en el hospital y viven en el mismo piso. Originarias del sur de la India, pero de medios sociales opuestos, comparten no solo el espacio común de la casa, sino también la frustración de sus anhelos amorosos por razones diferentes. Prabha se casó en un matrimonio arreglado por sus padres, y su marido, emigrante en Alemania, apenas ha vuelto a llamarla ni a ponerse en contacto con ella. Anu, más joven y decidida, está enamorada de un muchacho musulmán, pero su relación intercultural es un anatema inaceptable para sus padres y también para la familia y el entorno religioso del chico, por lo que viven su relación de manera casi clandestina. Un tercera mujer ya mayor, Parvaty, es desalojada de su casa casi a la fuerza por la especulación inmobiliaria asociada a la gentrificación.

Las tres mujeres encuentran un hilo común cuando se acompañan y se escuchan mutuamente, mientras la cámara de Kapadia las filma de manera pudorosa y captura sus más íntimos y dolorosos registros. Hay una poderosa dimensión documental en las imágenes que muestran las calles y los espacios de Mumbai por los que deambulan las protagonistas mientras, de manera intermitente, el off narrativo ofrece algunos diálogos entre ellas o los mensajes de texto y de voz que Anu y su novio se intercambian. Pero hay también una sensibilidad muy especial para capturar lo no-dicho, para filmar los roces, para dar forma a los anhelos, para dar cuenta de miradas tristes o melancólicas, de suspiros y destellos inadvertidos. En ese territorio, All We Imagine As Light está muy cerca de Wong Kar-wai: la ósmosis entre la ciudad y los sentimientos, entre los espacios y las emociones, es aquí también la materia con la que Payal Kapadia moldea su preciosa figurita de arena casi intangible, cuyo pálpito le pertenece en exclusiva al lenguaje propio del cine, pues está hecho de planos y de luces, de sonidos y de encuadres que, de pronto, de manera casi inadvertida, son capaces de ofrecer imágenes fugaces que hablan de un mundo entero, de comunicación y de soledad a la vez; imágenes tan conmovedoras como la de los dos amantes bajo la lluvia o la de las dos amigas en el metro, ellas solas, apoyándose una sobre la otra.

Sin ningún discurso explícito, sin ninguna tesis a demostrar, sin subrayados literarios, sin sermonear a sus espectadores, la película de Kapadia habla de sororidad femenina en voz casi susurrada, pero penetrante; y lo hace sin maniqueísmos estériles, otorgando a los personajes masculinos (igual de solos y de perdidos que las mujeres) la misma dignidad, la misma ternura y la misma fragilidad que la de las protagonistas; habla de barreras culturales y religiosas sin ponerse trascendente; habla de luchas irrenunciables, de esperanzas que reviven contra todo y contra todos. La voz de Kapadia, respetuosa y casi silenciosa, llega más lejos, es más sincera y más emocionante que la de todo el cine del griterío que hemos tenido que aguantar en este festival. Entre el ruido de la ciudad tumultuosa y abigarrada, la cámara se abre paso para ofrecer a Prabha, Anu y Parvaty la oportunidad de redescubrirse y de soñar con un futuro posible bajo las luces de un chiringuito playero, porque su creadora cree en su fuerza vital, en su capacidad de soñar el sueño que se merecen. No hay héroes ni víctimas en esta hermosa y conmovedora película. Solo hay seres humanos moldeados por una luz que ellas mismas llevan dentro aunque quizá no lo sepan. Un milagro del cine.

Carlos F. Heredero

En un momento del primer largo de ficción de la cineasta hindú Payal Kapadia, Prabha, una mujer que trabaja de enfermera, afirma ante la multitud que se concentre en un desfile por el centro de Mombai: “Esta es la ciudad de los sueños, pero prefiero considerarla como la ciudad de las ilusiones”. Payal Kapadia es consciente de que los sueños se esfuman, pero que las ilusiones pueden perderse o encontrarse, pero siempre tienen una puerta abierta a la probabilidad. Es a partir de esta idea de la ilusión –imaginar la luz, tal como indica el título– que Payal Kapadia nos ofrece el retrato de dos amores contrariados. Prabha sueña con el amor perdido, con el hombre que se fue a Alemania y que quizás algun día volverá. ¿Pero, existió realmente este amor? No sabemos si Prabha está instalada en el recuerdo de este amor perdido, pero sí que sabemos que está prisionera de un disgusto que quizás se ha acabado construyendo ella mismo. Junto a Prabha nos cruzamos con el personaje de Anu, una joven con la que comparte el alquiler, y que se ve a escondidas con un joven musulmán. Anu está convencida de la fuerza de su amor, pero tiene miedo del poder de las convenciones religiosas, de la tolerancia social. Sin embargo, está decidida a poder dar forma a su ilusión. A partir de una doble historia de amores contrariados, Payal Kapadia nos habla sobre cómo se forja y acaba un amor, sobre las palpitaciones que su presencia genera, de sus contradicciones y de la diferencia existente en la aceptación de los sentimientos en la adolescencia o en la madurez. Rodada de forma sensible, quizás demasiado bonita en algunos momentos, All We Imagine As Light es una película que fluye con innegable encanto y nos proyecta la fuerza de esa luz que todos hemos imaginado y que quizás hemos encontrado alguna vez.

Àngel Quintana