Felipe Rodríguez Torres
Situada en las mismas coordenadas temáticas de trabajos presentes en la sección Punto de Encuentro, tales como Gavagai (Ulrich Köhler) y Palestine 36 (Annemarie Jacir), La risa y la navaja, el nuevo trabajo del cineasta y documentalista portugués Pedro Pinho, se adentra de manera apabullante y majestuosa en la ‘culpa del hombre blanco’ y la búsqueda de restaurar y curar los pecados del pasado imperialista de Occidente. Aquí, a partir de una región de África que en el pasado fue colonia de Portugal. Es en esa intencionalidad, no carente de hipocresía, donde la cinta de Pinho se emparenta con la sátira de Ulrich Köhler. Pero si este último acotaba el relato al rodaje de una versión racializada de la tragedia de Medea, de Eurípides, Pinho se atreve a entregar un trabajo caleidoscópico y de gran envergadura, tanto en la amplitud de su mirada crítica como en su dilatado metraje. Pero la grandiosidad de la propuesta no cae ni por asomo en los excesos formales academicistas de Palestine 36, sino que aunque el scope de la obra es inmenso, la puesta en escena de Pinho se adentra en el relato desde lo íntimo y lo sutil, a partir de los ojos, en principio, de un ingeniero que pretende reconducir una carretera, bajo el amparo de una ONG.
A partir de ahí, la cinta abre su prisma, en un relato cuyo tempo pausado contrasta con su dinamismo narrativo, abriendo la perspectiva del relato no solo a la mirada culpable e incongruente de un blanco occidental con ínfulas (en un principio) de salvador, sino que la narración se abre a dos miradas complementarias y diametralmente opuestas. Dos personajes que sirven a protagonista, cineasta y espectadores para entender que la complejidad de la región no se soluciona implantando los mecanismos capitalistas occidentales. Esa fusión de miradas, más la inclusión de testimonios de personas reales en el relato de ficción, abren una cantidad inmensa de incógnitas que permiten al espectador preguntarse si la solución de los problemas es posible a partir de sus propios culpables; si el ‘progreso’ que promete Occidente a esas regiones no es más que una trampa para atraparles en las redes del deseo y esclavizarles de manera más sibilina que en el pasado. Y todo ello, en un relato entre lo iniciático y la aventura. Pero no una aventura de conquista, sino un viaje de autoconocimiento, de más preguntas que respuestas, que deja poso tras su visionado, convirtiéndose en una cinta absolutamente necesaria.











