Carlos Losilla

En el año 2001, recién empezado el siglo, Lisandro Alonso estrenó La libertad, una película que hizo época, una de las primeras que se acogió a ese cine del silencio o de la ausencia –mal llamado también ‘cine sustractivo’ o slow cinema– que paralelamente asumieron otros cineastas como Gus Van Sant, Kelly Reichardt o Tsai Ming-liang. Estaba empezando, según una cierta crítica, el cine contemporáneo. En el caso de Alonso, se trataba de filmar a Misael, un hombre al que veíamos sobre todo talando y cortando árboles en el interior de Argentina. Cinco años después, en una película significativamente titulada Fantasma, Alonso situaba a Misael vagando por un cine en el que se estaba proyectando La libertad. Y ahora, pasado nada menos que un cuarto de siglo desde la primera de esas películas, se estrena La libertad doble, donde el director regresa a su personaje, que por supuesto ha envejecido, para saber qué ha sido de él.

La compañera Jara Yáñez ya se hizo cargo adecuadamente de esta película cuando se proyectó en el último festival de Cannes, por lo que, para evitar repeticiones innecesarias,  me van a permitir que me vaya por otros derroteros y les diga que La libertad doble no es tanto una continuación de La libertad como, en efecto, su doble, su sombra espectral. Puede que haya pasado el tiempo, pero Misael sigue talando árboles, como vemos al inicio. Significativamente, no obstante, a mitad del metraje lo vemos en un centro de salud al que han llegado los recortes de Milei y que su hermana, con problemas mentales, debe abandonar por la consiguiente falta de recursos. Mica, que así se llama, se traslada entonces a vivir con él, en su humildísima choza, y a perturbar su pequeño universo. Pero Alonso no se extiende en este asunto, sino que prefiere observarla mientras se interna en el bosque y finalmente, quizá, desaparece, como si se tratara de un personaje de Antonioni. No es extraño todo este giro, puede que hacia el cine fantástico, en la filmografía de Lisandro Alonso. De hecho, ya había empezado antes, por lo menos desde Jauja (2014), la primera de sus películas en la que apuesta abiertamente por una ficción desbocada, capaz incluso de traspasar los límites del tiempo.

En un sentido político, la deriva de Mica en La libertad doble podría corresponder a una huida hacia delante, a una evasión, a un enfrentamiento abierto. En cualquier caso, significa un cambio no solo en el cine de su director, sino en el cine en general, y no es extraño, en este sentido, que el film haya cerrado la sección oficial vallisoletana de este año, dedicada a exponer ese tipo de convulsiones en forma de fantasmas, espasmos narrativos y temblores de todo tipo en el seno de la imagen cinematográfica, algunos de ellos tan violentos que han acabado por desplazar el sentido hacia el exterior. En una escena especialmente conmovedora de La libertad doble, Mica se acerca a un árbol y acaricia la corteza del tronco, la misma que su hermano se dedica a desprender con un hacha. Ese desplazamiento no se produce solo de la violencia a la ternura, sino, sobre todo, de la celebración epidérmica del mundo que representaban películas como La libertad a la búsqueda de algo más sin dejar de acariciar su parte más sensible. Es un giro parecido a los de la parte final de La Gradiva o Everytime, dos de las películas más destacadas de la sección: hay algo más allá de la materia que redescubrieron algunos filmes del inicio del siglo XXI, algo que apunta a un misterio que debemos abrazar para negar la realidad más terrible, esa que se nos quiere imponer. ¿Aceptar la doblez, la fantasmagoría, la ficción como divisa? No lo sabemos aún, pero la SEMINCI de este año ha señalado, por lo menos, un posible camino, muy distinto a aquel con el que empezó el cine de Lisandro Alonso hace ya tantos años.