Felipe Rodríguez Torres
El cine de Sergei Loznitsa siempre ha operado como una exhumación histórica, un intento de intervenir el pasado desde las costuras del plano. En Imperium, el cineasta ucraniano se topa con un tesoro arqueológico: sesenta horas de metraje filmadas en los setenta por documentalistas de la televisión italiana que recorrieron la inmensidad de la URSS. Un material de fascinante fuerza visual que Loznitsa, en un titánico ejercicio de depuración, redujo a un primer corte de seis horas y, posteriormente, a las tres que conforman el producto final.
Al carecer de narración omnisciente o de una puesta en escena propia –cuyo mérito formal pertenece por entero a los camarógrafos italianos–, el director se ve obligado a imprimir su mirada autoral exclusivamente a través del montaje. El problema es que el resultado se percibe desmesuradamente sobredimensionado. Como espectadores, al desconocer la naturaleza y el contenido de las sesenta horas descartadas, nos resulta imposible discernir si la selección final rescata verdaderamente lo más estimulante del conjunto o si responde a una inercia caprichosa.
Ahí radica la principal flaqueza de Imperium: es indiscutible su valor como documento histórico, pero flaquea como obra estrictamente cinematográfica debido a una estructura descompensada y errática. La sección dedicada a las zonas rurales y la región de Mongolia fagocita de forma infinita el metraje, estancando el ritmo en una contemplación que bordea la autocomplacencia. El realizador ha manifestado que su intención era entablar un diálogo directo con el Dziga Vertov de La sexta parte del mundo, despojándolo de su explícita naturaleza propagandística. Sin embargo, en su afán por esquivar la proclama ideológica, el discurso crítico con el régimen comunista se disuelve en la ambigüedad, quedando desvaído.
Esa buscada distancia analítica reduce la denuncia a un único recurso recurrente: el omnipresente retrato de Lenin. El busto del líder bolchevique emerge, de manera casi litúrgica, en el fondo del encuadre de múltiples planos, erigiéndose como un dios vigilante y espectral. Más allá de esta deificación visual de fondo, la película carece de una articulación discursiva sólida que trascienda la mera acumulación de estampas etnográficas. Imperium funciona como un fascinante museo desordenado, pero la mirada del autor naufraga en su propia inmensidad, perdiendo por el camino el pulso dramático que un fresco de tal envergadura exigía.








