Carlos Losilla
En esta misma sección oficial de SEMINCI hemos descubierto, a partir de una película como We Are All Strangers, de Anthony Chen, que la actual fase del capitalismo –seguramente terminal– conlleva ciertas decisiones estéticas y narrativas que nunca hubiéramos pensado en relacionar con el cine. Pues bien, eso es lo que ocurre también con la filmografía de Stéphane Brizé en general y con Un bon petit soldat en particular, solo que en este caso las decisiones tomadas son más discutibles. Un bon petit soldat empieza con un corto publicitario de la empresa ficticia en la que transcurre el film que, inmediatamente, los asistentes a una reunión corporativa se ponen a comentar casi como si fueran críticos de cine. Poco antes, coincidiendo con los créditos iniciales, imágenes de escaleras mecánicas por las que suben y bajan riadas de personas se convierten inadvertidamente en un videoclip de la canción que las ilustra, la versión de los Ramones de It’s a Wonderful World. De alguna manera, Brizé hace cine autoconsciente. Y no sería de extrañar que su estilo, hecho de planos brevísimos y construcciones entrecortadas, fuera el resultado de una profunda reflexión acerca del lenguaje adecuado para abordar sus temas, siempre relacionados con el universo empresarial. Solo que a veces, muchas veces, da la impresión de que los filmes de Brizé acaban formando parte del mundo que critican. Son, de algún modo, películas que hacen el juego, quizá inconscientemente, al capitalismo que retratan.
Un bon petit soldat es una película sobre el lenguaje de la nueva empresa, engañoso y fullero, que finalmente acaba dando forma al estilo del propio film. Al seguir a la recién contratada jefa de recursos humanos que interpreta Alba Rohrwacher e implicarla en las mil y una trampas que le tiende el sistema, al retratar mediante ese personaje a todo un mundo de engaño y explotación encubierta, de flagrante injusticia burdamente disfrazada de compadreo, de grosera transformación de la vida privada en continuación del trabajo por otros medios, Brizé se introduce de tal modo en el territorio retratado que al final no sabe distanciarse de él. De cara a su audiencia, Un bon petit soldat quiere ser una invectiva feroz. De cara a sí misma, sin embargo, no sabe dónde terminan sus imágenes y empiezan las del poder. En las escenas más grotescas y cómicas, todo ese cambalache resulta a veces efectivo. En el resto del film, debemos esperar al final para percatarnos de aquello que ha estado ocultando y, en el fondo, es su verdadera razón de ser: la crónica lenta de cómo se diluye una conciencia humana, de cómo la empresa moderna puede conseguir que alguien pierda su identidad y se convierta en un fantasma. La estética de otros filmes de esta sección oficial –pongamos The Echo Chamber o My Notes on Mars– era en realidad también una ética.








