Cristina Aparicio

En 1979, la artista visual Sophie Calle expuso su obra Los durmientes, una instalación en la que mostraba fotografías de amigos y desconocidos a los que había pedido permiso para retratar mientras dormían. Más de 170 fotografías en blanco y negro formaban parte de aquella primera exposición, imágenes que habían sido tomadas a lo largo de turnos de ocho horas que los participantes dormían en la cama de la artista. La intimidad vigilada otorgaba un lugar privilegiado para retratar que eliminaba toda posibilidad de actuación o de fingimiento involuntario. En Lovers Sleep Alone, Massih Parsaei filma a personas durmiendo. Así comienza su ópera prima, con una sucesión de planos de conductores de camión que duermen en sus cabinas. En realidad, ese será un punto fijo dentro del relato: el primer plano de un rostro dormido. Aquí regresa una y otra vez, ya sea al de Iman (un iraní que vive en Berlín desde hace años), al del enfermo al que cuida (que apenas ya está despierto), o al de su prima que pasa unos días en Berlín, en su casa. Esta inmovilidad contrasta con el otro tipo de planos utilizado por el cineasta, travellings que muestran a Iman en bicicleta por la ciudad o que adoptan una perspectiva subjetiva mientras viaja en autobús, registrando las calles por las que pasa en movimiento. Así, con la quietud del sueño y el tránsito continuo se representa la lucha de contrarios que experimenta este joven que no termina de encontrar su sitio. Quizá es esta contradicción la que produce cierta sensación de vacío que se termina trasladando a la propia esencia del film. Al final, cuesta conectar con una historia que no profundiza, que se queda en el rostro durmiente, sin llegar a indagar en lo que bulle dentro.