Carlos Losilla

“Adiós adiós, me voy me voy”, decía Laura Paredes, parafraseando una popular canción, en Trenque Lauquen, la obra maestra de Laura Citarella. A los directores y directoras de El Pampero parece gustarles las desapariciones, los personajes esquivos y enigmáticos, los misterios sin resolver. Mariano Llinás ha seguido la pista de Clorindo Testa, un arquitecto, e Ignacio Corsini, un compositor de música criolla, entre otros. Pin de fartie, de Alejo Moguillansky, es una reinterpretación de Fin de partie, una de las obras más intrincadas de Samuel Beckett, escritor secreto donde los haya. Y ahora Ignacio Masllorens aborda, en El fantasma, la figura de Rubén Santantonín a partir de otro artista de la vanguardia argentina de los sesenta, David Lamelas, que se interpreta a sí mismo y además consta como codirector del film. Este rompecabezas, este laberinto que lleva de la realidad a la ficción y viceversa, se completa con las figuras de dos jóvenes productoras a las que encargan un documental sobre Santantonín, quien –cómo no– desapareció tras realizar una corta obra artística que acabó quemando. Lo que, a partir de aquí, podría ser una sátira sobre el mundo del arte, o una comedia detectivesca, o incluso una docuficción más o menos veraz, se convierte en otra cosa muy distinta: una película sobre un tema que no existe.

‘Toda explicación consiste en infligir una herida a algo’, había dejado escrito más o menos Santantonín, una frase que acaba obsesionando a Lamelas mientras se va introduciendo en el universo de ese alguien que ya no está. Y tal afirmación, capaz de abolir por sí sola el sentido de cualquier crítica –incluida esta– o interpretación, termina formando parte orgánica del film de Masllorens y Lamelas cuando, a medida que avanza, se va devorando a sí mismo. De nada sirven las investigaciones. La exposición en la que se pretende incluir el documental es solo una frivolidad. Lo único que importa es una obra ahora inexistente, el fantasma de unos cuantos objetos artísticos o ‘cosas’, tal como las llamaba Santantonín. Toda veleidad artística es el fantasma de algo que no puede ser y, lo que es más grave, de lo que no se puede hablar a riesgo de desvirtuarlo. Nadie puede explicar nada. Pero, como demuestra la dignísima figura de Lamelas, esto no es un rasgo de nihilismo, sino todo lo contrario: la esperanza consiste en una promesa que nunca llega, y de ahí su belleza y su generosidad. En un festival –como todos– lleno de películas que pretenden explicar el mundo o, lo que es peor, incluso salvarlo, la presencia redentora de El fantasma es, más que un soplo de aire fresco, un vendaval de honestidad.