Cristina Aparicio

Mima (Valeria Varbanova) interrumpe la reproducción de la cinta que ella misma acaba de poner. Olvidada en un trastero, dentro de una caja con el resto de recuerdos reprimidos, la cinta de casete devuelve a Mima a su infancia, a un momento al que no se permite retroceder a menudo. En la grabación, padre e hija tocan el acordeón juntos y mantienen uno de los escasos diálogos que hay en toda la película. Quizá por eso sorprende tanto el instante en que se les escucha conversar, incluso puede que ese sea el motivo por el que Mima para de golpe la grabación. Al fin y al cabo, esta es su historia, la que le ha tocado protagonizar aunque ni ella misma termine de comprenderla del todo.

En My Father’s Shoes escasean las palabras. Como si los personajes reaccionaran de cualquier otra manera antes de alzar la voz o pronunciar una palabra: un portazo, una huida, una mirada desafiante… Como si el acto de dialogar hubiera sido sustituido por ese juego infantil de ver quién parpadea primero, quién sostiene durante más tiempo la mirada.  En este ambiente hostil, Hristo Simeonov apuesta por el uso de una cámara nerviosa, como si la única manera de contar esta historia fuera desde la incomodidad de los silencios. Y también mediante los encuadres muy cerrados, dejando el mínimo espacio por el que se puedan escapar los secretos. A nivel visual, existe cierta tendencia a la melancolía: la lluvia y la ausencia casi total de sol, el uso de las cortinas para ocultar detrás a quienes están sufriendo; los forzados claroscuros donde escasea la luminosidad. Mientras, a nivel sonoro, se aprecia una constante presencia de sonidos a modo de interferencia: un ruido de fondo que anticipa la verdad que está a punto de reventar.