Carlos F. Heredero

A partir de la novela homónima de Hernán Ronsino, pero desenredando un poco la intrincada estructura temporal del relato literario, la nueva película de Benjamin Naishtat (responsable de la muy notable Rojo, 2018; presentada también en el festival donostiarra) organiza su historia en tres períodos históricos diferentes. El prólogo transcurre en 1956 y alude a un suceso real y trágico de la convulsa historia política argentina: las ejecuciones de José León Suárez, de la que ya se había ocupado el libro de Rodolfo Walsh titulado Operación Masacre, publicado en la muy temprana fecha de 1957.  Allí aparece el comisario Ramón Folcada, implicado en los asesinatos y en la detenciones arbitrarias propiciadas por la maquinaria de la dictadura militar. El segundo bloque transcurre en 1957, en la localidad de Chivilcoy, donde un grupo de adolescentes vive todavía con luminosidad el despertar a la sexualidad y a los sueños de juventud, en buena medida propiciados por ‘la Negra’ Miranda, esposa del comisario Folcada. Y el tercero salta hasta 1984 para mostrar el regreso al pueblo de uno de aquellos jóvenes, ‘Flaco’, recién liberado de prisión, pero ahora con la pesada carga de la derrota y del resentimiento.

La amistad traicionada en aras de unos deseos que ofuscan a la adolescencia, y la violencia política de un país que parece vivir de sobresalto en sobresalto (hasta llegar al delirio fascista y populista del que es víctima hoy en día, bajo la satrapía de un loco pagado de sí mismo), son los temas esenciales que discurren bajo una estructura que no acierta a relacionar de forma orgánica los tres fragmentos temporales entre sí y que nunca termina de encontrar un camino coherente por el que transitar. Hay una resonancia inequívoca sobre el sombrío presente del país en la evolución que vive ‘Flaco’ (de la ingenuidad apasionada de la adolescencia a la negrura más oscura que arrastra consigo en el fragmento de 1984, cuando busca venganza por aquello que le llevó a la cárcel), pero el film bascula entre diferentes registros (una leve pátina de raíces norteamericanas, el cine de denuncia política, la comedia de adolescentes, e incluso ciertos ecos un tanto forzados de Wong Kar-wai; a la sazón, la banda sonora es de Shigeru Umebayashi), pero el conjunto termina envuelto en una indefinición y una desigualdad que lo perjudican y que le impide levantar el vuelo. La operación se desvela cargada de buenas intenciones, pero el resultado es una película fallida a pesar de algunos momentos aislados que consiguen capturar intermitentes ráfagas de verdad.