Filmar la deriva, perder el rumbo

Iván Cibreiro Martín 

Con Drinking and Driving (2026), las cineastas estadounidenses Avalon Fast y Jillian Frank profundizan en algunas de las inquietudes presentes en sus trabajos anteriores, volviendo la mirada hacia una juventud atrapada entre la precariedad material y la imposibilidad de imaginar un futuro estable. A través de la historia de dos jóvenes inmersos en una rutina de trabajos precarios, relaciones ambiguas y noches que parecen repetirse indefinidamente, la película busca capturar una sensación de estancamiento, de presente perpetuo, en la que cualquier posibilidad de cambio parece siempre aplazada.

La película aspira a retratar una juventud marcada por la deriva, la incertidumbre y la dificultad de encontrar un lugar propio. Sin embargo, gran parte de su propuesta termina lastrada por una puesta en escena que confunde espontaneidad con descuido. La utilización constante de una cámara digital cuya textura visual remite a una tecnología ya superada, aunque todavía demasiado cercana para adquirir una dimensión nostálgica o singular, y el recurso permanente a la cámara en mano no enriquecen el relato ni profundizan en sus personajes; por el contrario, generan una distracción continua que impide implicarse plenamente en lo que sucede en pantalla. La película parece confiar en que la proximidad física de la cámara bastará para crear intimidad, pero esa cercanía nunca llega a transformarse en verdadera conexión emocional. El resultado es una obra que, pese a la honestidad de sus intenciones, deja la sensación de que sus recursos formales se convierten en un obstáculo para aquello que pretende transmitir.

Las limitaciones de la propuesta no se reducen al apartado visual. Un diseño sonoro escasamente trabajado, una edición tosca y unas interpretaciones marcadas por su carácter amateur refuerzan la sensación de estar ante una obra que nunca termina de encontrar la forma adecuada para expresar sus inquietudes. Estas carencias formales terminan contaminando también la construcción de los personajes, cuyos conflictos permanecen esbozados más que desarrollados. Aunque la película insiste en la sensación de deriva y desencanto que atraviesa a sus protagonistas, rara vez consigue que esa experiencia adquiera una dimensión dramática capaz de sostener el interés del espectador. Lo que podría leerse como una apuesta por la naturalidad acaba derivando en una acumulación de decisiones que dificultan la construcción de una experiencia cinematográfica consistente.

Pese a sus limitaciones, Drinking and Driving señala una inquietud genuina: la dificultad de una generación para proyectarse hacia el futuro en un contexto marcado por la incertidumbre permanente. Sin embargo, entre sus ambiciones temáticas y sus resultados cinematográficos se abre una distancia que la película nunca logra salvar. La búsqueda de autenticidad a través de una estética deliberadamente rudimentaria acaba produciendo el efecto contrario al deseado. La imagen digital, el sonido descuidado, el montaje irregular y las interpretaciones amateurs no construyen una sensación de cercanía, sino que recuerdan constantemente al espectador el artificio de la propuesta. Lo que podría haber funcionado como una aproximación íntima a sus personajes termina pareciéndose más a una propuesta incapaz de encontrar su forma definitiva que a una obra capaz de hacer de sus limitaciones una forma de expresión propia.

 

Night Trouble (Avalon Fast). Filmadrid 2026 – Espejos