Àngel Quintana

En una escena de La gran ilusión (1937), de Jean Renoir, un grupo de prisioneros disfrazados de mujeres actúan ante otros soldados. Renoir consideraba ese momento como la representación de una comunidad masculina aislada, condenada a inventar presencias femeninas que no existian en su entorno masculino generado por la guerra. El travestismo convertía a las mujeres en algo fantasmal, en espectros surgidos de la necesidad, en cuerpos ilusorios. En medio de la guerra, esos cuerpos no eran una afirmación de vida sino el recuerdo melancólico de algo perdido. Coward, de Lukas Dhont, parte de una intuición cercana y la desplaza hacia un territorio más íntimo y sentimental. En un momento clave, Pierre (Emmanuel Macchia) le dice a Francis (Valentin Campagne) que ellos están “bailando ante cadáveres”. El travestismo aparece en Coward como una forma de suspensión de la realidad, como una ilusión frágil, una quimera improvisada en mitad de la muerte y la devastación. El escenario se convierte en un refugio donde por unos instantes la barbarie deja de existir, aunque solo sea para recordar inmediatamente su presencia. Los soldados se maquillan, cantan y representan otras identidades mientras alrededor persiste la maquinaria industrial de la destrucción. La relación entre Pierre y Francis participa de esta lógica. Su historia de amor no aparece únicamente como una posibilidad afectiva en tiempos de guerra; es también una forma de fuga. El amor en Coward parece existir bajo la amenaza constante de desaparecer. Es un sentimiento que nace precisamente porque el mundo real se ha vuelto inhabitable.

El título de Coward no parece referirse únicamente al miedo físico frente a la guerra, sino a la dificultad de mirar la realidad cuando el espectáculo termina. Habla del temor a abandonar la ilusión y de la posibilidad de la deserción, entendida quizá menos como traición militar que como rechazo a una lógica de violencia que exige heroísmo, sacrificio y muerte. Sin embargo, ahí donde las ideas resultan sugerentes, la película termina insistiendo demasiado en sus propios mecanismos. Dhont parece confiar excesivamente en una delicadeza subrayada, casi programática. El ritmo se vuelve pesado y la sensibilidad corre el riesgo de transformarse en afectación. La película parece empeñada en hacer sentir al espectador la fragilidad de sus personajes, pero esa insistencia produce una cierta distancia emocional. Coward acaba siendo una obra fascinada por sus imágenes y por las resonancias, incapaz de convertir esas intuiciones en una experiencia plenamente viva. Pierre y Francis bailan ante cadáveres; mientras la película también parece bailar ante su ensimismamiento.


Carlos F. Heredero

Primera Guerra Mundial en los campos de Bélgica. Los soldados pasan los días entre los preparativos para el combate, la recogida de los cuerpos de los que caen heridos o fallecidos en la batalla, la espera angustiosa en las trincheras y los espectáculos teatrales de entretenimiento a cargo de una compañía de travestismo formada por integrantes del mismo regimiento. En ese contexto, el joven Pierre (un agricultor sin experiencia amorosa) queda prendado del líder de la compañía (Francis, un sastre de personalidad magnética entregado en cuerpo y alma al espectáculo y a la ficción que trata de levantar los ánimos de la tropa). La relación amorosa entre ambos centra el núcleo dramático del tercer largometraje de Lukas Dhont, que filma la circulación del deseo en medio de un atmósfera de miedo y de barbarie como si aquel estuviera siempre a punto de precipitarse o desvanecerse al mismo tiempo. Como se podía esperar del director de Girl (2018) y de Close (2022), la fisicidad de las imágenes y el conductismo del relato son aquí de nuevo sus mejores apuestas para tratar de capturar tanto la tensión y la atmósfera de la guerra como la intensidad emocional que vibra bajo la atracción que sienten ambos jóvenes. Empero, el desarrollo de la historia no consigue ir mucho más allá de estos límites y la narración se estanca en varios momentos sin que pueda evolucionar de manera productiva. El resultado es una película apreciable, pero claramente menor en el contexto de Cannes.