Eulàlia Iglesias

Bienvenido sea siempre el cine de género en Cannes. Pero, en vistas de la escasa representación del terror en el festival, cabe preguntarse por qué el equipo de Un Certain Regard decidió que esta película en torno a una psicópata victoriana tenía más interés que tantos otros títulos de la temporada. Victorian Psycho arranca con un plano de la protagonista, Winifred Notty (Maika Monroe) encuadrada desde una cierta inclinación. El film la presenta desde el inicio como una persona desestabilizada, lo que su relato desde la voz en off no tarda en confirmar. No hay ningún afán de sutileza en este tercer largo de Zachary Wigon ambientado en una época, la victoriana, conocida precisamente por la represión de las emociones y por cómo engendró un subgénero de terror propio en que lo fantástico funciona como caja de resonancia de lo indecible.

Basada en la novela homónima de la escritora española Virginia Feito, que ha adaptado ella misma, Victorian Psycho podría ser en su arranque una variante postmoderna de Otra vuelta de tuerca. La protagonista es una institutriz que aterriza en una mansión victoriana con el encargo de cuidar a una pareja de hermanos. Pero el parecido con la obra de Henry James se acaba aquí. Porque Winifred no tarda en manifestarse como la psicópata que es, a partir sobre todo de que el jardinero intenta sobornarla porque conoce secretos de su pasado. La protagonista se dedica a eliminar personas con total impunidad y una increíble ausencia de sospechas por parte de quienes la rodean.

Victorian Psycho podría haber funcionado como una disfrutable comedia terrorífica con protagonista femenina desatada que abraza sin complejos una pulsión psicótica derivada en parte de la represión social de la época. Pero el guion de Feito y la realización de Wigon se quedan en el refrito superficial de las últimas tendencias en el género: mujer como agente de la violencia, crítica obvia a la aristocracia privilegiada, complicidad femenina, contexto de época… La película no consigue ofrecer una vuelta de tuerca al imaginario victoriano, pero tampoco resulta especialmente disfrutable desde el gore o la subversión violenta. Quedan algunas ideas interesantes sobre la mesa (el desvelo de una momia como una forma de violación por parte de las élites británicas) y un puñado de intérpretes bastante desaprovechados (Thomasin McKenzie saca el máximo brillo a su niñera; Jason Isaacs y Ruth Wilson hacen lo que pueden como despreciable matrimonio privilegiado), que se suman a una actriz principal instalada en un irritante histrionismo mesurado.