Felipe Rodríguez Torres
El cine de Mariano Llinás siempre ha sido una invitación al exceso reflexivo, una impugnación frontal de las geometrías institucionales del relato y una apuesta ciega por la fabulación desbocada como motor absoluto de la puesta en escena. Con su monumental Biografía de Jorge Luis Borges, el cineasta argentino no claudica en sus postulados estéticos; al contrario, radicaliza su propuesta al convertir el dispositivo del documental literario en un juguete formal, detectivesco y poliédrico que mimetiza con brillantez las propias estructuras conceptuales del universo borgeano. La película renuncia deliberadamente a la hagiografía convencional o al tradicional busto parlante para devenir en una pesquisa laberíntica, un mapa de senderos que se bifurcan y donde la erudición, el azar y la ironía se entrelazan de un modo formalmente indisociable.
Llinás concibe la biografía no como un archivo estático, sino como un dinámico tablero de ajedrez ficcional. La cinta se articula a través de constantes digresiones, notas al pie visuales, falsas pistas historiográficas y un juego de espejos que transforman la investigación de archivo en una aventura puramente cinematográfica. Este juego de cajas chinas, emparentado con la arquitectura de Ficciones o El Aleph, funciona como un fascinante artefacto de estimulación teórica. La puesta en escena celebra el juego, la impostura intelectual y el placer de narrar por el mero hecho de narrar, convirtiendo al espectador en un detective activo que debe descifrar los pliegues de una memoria colectiva e individual siempre inasible.
Sin embargo, frente a esta deslumbrante pirotecnia conceptual, emerge de forma inevitable el gran interrogante que sobrevuela toda la experiencia: la pertinencia de su desmesurada duración. ¿Eran realmente necesarias más de cinco horas de metraje para dar cuenta de este artefacto poético? Si bien el exceso temporal opera como un manifiesto político contra la inmediatez y la tiranía del consumo contemporáneo, en su segundo tramo la película incurre en una evidente hipertrofia discursiva. La acumulación extenúa los brillantes hallazgos del primer bloque, derivando en ciertos pasajes hacia una autoindulgencia donde el juego formal amenaza con canibalizar el misterio del propio Borges. Llinás parece por momentos atrapado en su propio laberinto borgeano, estirando las digresiones más allá de su estricta necesidad intelectual. Pese a esta macrocefalia narrativa, la obra se erige como una anomalía estimulante y un ejercicio de libertad innegociable, donde el cine se reivindica como un juego.








