Carlos F. Heredero
Territorio Mungiu: choque de creencias religiosas, raíces étnicas, referencias ideológicas, valores culturales y barreras identitarias. No estamos muy lejos, en definitiva, de R.M.N. (2022) y Mas allá de las colinas (2012), pero esta vez los conflictos se plantean en el escenario gélido de un fiordo noruego, al que llega una familia (padre rumano y madre noruega) de acendrada militancia evangelista y cuya práctica educativa –en el interior del núcleo familiar– choca con los criterios laicos y proteccionistas de la infancia que rigen en las instituciones y en la legislación local. Un supuesto caso de maltrato infantil es la mecha que enciende aquí la hoguera de los fundamentalismos (de todos los fundamentalismos, el de un lado y el del otro) a la que apunta, de nuevo, la cámara implacable de Mungiu en una película que no está hecha para consolar a nadie en sus creencias, ni para dar la razón a los biempensantes de turno atrincherados en su autárquico círculo identitario, sino para cuestionarnos a todos nuestras propias convicciones.
Mungiu no da tregua: podemos ser firmes partidarios de la educación laica y de una legislación civil que proteja a la infancia de maltratos familiares, pero nos podemos horrorizar también ante la práctica deshumanizada de protocolos institucionales que pasan por encima de los vínculos afectivos y que se muestran ciegos ante las circunstancias concretas de un caso particular. Podemos sentirnos muy lejos de cualquier creencia religiosa y, más todavía, de prácticas educativas autoritarias y patriarcales, pero no podemos permanecer impasibles ante el dolor emocional que supone para una madre que le arrebaten la custodia de un bebé no implicado en el caso o la aplicación rigorista de una normativa que hace abstracción del conjunto de la encrucijada social. El debate se juega una vez más en el peligroso territorio identitario de los esencialismos ideológicos, da igual dónde se plantee…
Mungiu elige esta vez el territorio exótico de un frío fiordo noruego, lo que sirve también como llamada de atención: no importa cuán lejos o aislado pueda estar el escenario porque el cáncer de los fundamentalismos lo corroe todo. La dialéctica entre la tolerancia religiosa y la laicidad del liberalismo, entre los valores conservadores de la familia tradicional y las ideas progresistas de las sociedades avanzadas, entre los atavismos evangelistas y el puritanismo protestante de los países nórdicos, entre la asimilación cultural y el respeto a las minorías étnicas en sus peculiaridades identitarias. Las contradicciones implícitas en cada una de estas dicotomías forman el tupido y complejo tejido ideológico, cultural y religioso diseccionado aquí por la cámara del cineasta.
Las imágenes de Mungiu son serenas y transparentes. En su interior se libra una feroz y dolorosa guerra cultural, pero sus encuadres amplios no dirigen ni fuerzan nuestra mirada. La cámara no subraya nada y nos deja en libertad para bascular, casi de manera incesante, entre nuestra identificación con un determinado ideario y nuestro dolor emocional ante su aplicación insensible, entre nuestro rechazo al sectarismo religioso y los derechos de las minorías. Sin didactismos ni maniqueísmos de ningún tipo, Fjord nos interroga sobre nuestra propia idea de bondad y pone en la picota la autocomplaciente buena conciencia del ideario woke sin ceder un solo milímetro de terreno al conservadurismo ideológico tradicionalista. Sus imágenes diseccionan algunas de las encrucijadas más decisivas en las que vivimos atrapados en nuestras sociedades occidentales y nos advierten contra los peligros de dejarnos atrapar en las identidades cerradas sobre sí mismas, ya sean estas los ancestrales atavismos de supersticiones religiosas o la laica y fría maquinaria institucional de un pequeño y lejano paraje noruego, amenazadas ambas –simultáneamente– por el peligro de esas metafóricas avalanchas de nieve que parecen a punto de sepultar a todos, víctimas conjuntas de cegueras equivalentes. Una película desafiante y valiente, que no ofrece recetas ni consuelos, sino que nos hace preguntas y cuestiona nuestras convicciones. Bienvenida sea.
Àngel Quintana
En el transcurso de un juicio de los servicios de protección a la infancia contra una familia ultraconservadora acusada de separar a sus hijos, la abogada defensora sostiene que la causa de la libertad no puede reducirse a una única visión ideológica. Como respuesta, el procurador afirma: “Esperad a que ellos lleguen al poder”. El juicio, celebrado en Noruega, país presentado como paradigma de una sociedad liberal capaz de sustentar una serie de derechos civiles, enfrenta dos formas de entender la convivencia. Frente a ella, la familia ultraconservadora vive al margen de la sociedad, educa a sus hijos sin teléfonos móviles, les prohíbe los videojuegos y los orienta hacia una verdad moral sustentada en la lectura de la Biblia. Cristian Mungiu convierte Fjord no solo en el retrato de una familia aislada, sino en un espacio de fricción entre dos sistemas de valores. En un extremo aparecen estructuras de poder democráticas que establecen límites a determinadas prácticas culturales; en el otro, culturas o tradiciones que reivindican su derecho a existir incluso cuando algunas de sus prácticas chocan con los principios democráticos contemporáneos. Mungiu sitúa este conflicto en una Europa donde el choque entre culturas ocupa el centro del debate, pero donde también emerge una disputa por el control del relato político y social, así como una deriva reaccionaria que pone en cuestión derechos conquistados por sociedades que aún continúan su proceso de emancipación.
El director rumano abandona aquí el paisaje de su país para desplazarse al corazón del cine nórdico, rodeándose de figuras como la actriz Renate Reinsve y permitiendo que un intérprete anglorumano como Sebastian Stan recupere su lengua materna. Si en obras anteriores como Más allá de las colinas (2012), Mungiu había explorado el peso de lo religioso y en R.M.N. (2022) había abordado las tensiones derivadas de la transición y la identidad colectiva, aquí traslada esas preocupaciones a un contexto más amplio y menos delimitado geográficamente. Ese desplazamiento permite que el discurso adquiera una dimensión más universal, aunque a veces también genera cierta ambigüedad. El cineasta opta por centrar la focalización en la familia ultraconservadora y los presenta como individuos silenciosos, atrapados entre protocolos institucionales y prácticas religiosas que el entorno percibe como incompatibles con la vida contemporánea. Frente a ellos, las trabajadoras de los servicios sociales aparecen como figuras burocráticas cuya defensa de determinados valores corre el riesgo de transformarse en una aplicación mecánica de normas y procedimientos.
Mientras el debate avanza, surge otra cuestión que atraviesa la película, como es la posibilidad de una juventud capaz de superar esas fronteras ideológicas y culturales, aunque todavía permanezca condicionada por estructuras heredadas. En ese sentido, Fjord no alcanza la contundencia moral o dramática de algunas de las mejores obras de Mungiu, pero encuentra su fuerza en la incomodidad que provoca, sobre todo porque evita ofrecer respuestas concluyentes.








