Àngel Quintana
En El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, el dibujo del cordero dentro de la caja funciona como una metáfora sobre la imaginación y la ausencia. El Principito no quiere un cordero concreto, quiere imaginarlo. La caja contiene aquello que no vemos, pero en lo que creemos. La infancia es la edad vital donde se puede otorgar alma a lo invisible. Hirokazu Kore-eda parte de esa misma idea en Sheep in the Box. Un niño artificial no es únicamente una máquina, sino un recipiente emocional donde los adultos depositan duelo, culpa, deseo de reparación y necesidad de amor. El robot es la caja de El Principito. No importa tanto lo que es sino lo que los personajes necesitan ver dentro de él.
Sheep in the Box prolonga la obsesión de Kore-eda por las formas mutantes de la familia. Desde Nadie sabe (2004) hasta Un asunto de familia (2018) o De tal padre, tal hijo (2013), el director japonés ha desmontado la idea biológica de la familia para preguntarse: ¿qué convierte realmente a alguien en padre, madre o hijo? En esta ocasión, introduce un niño robot de IA adoptado y desplaza el problema hacia otra dimensión. ¿Puede existir vínculo afectivo auténtico con algo fabricado? La sombra de Steven Spielberg y de A.I. Inteligencia artificial (2001) es inevitable. El niño artificial también nace de una herida afectiva y ocupa el lugar de una ausencia. Kore-eda recoge la idea de la sustitución emocional, para llevarla a su terreno. El dolor aparece en gestos mínimos, en en silencios familiares incapaces de nombrar la pérdida, puntuados por una música excesiva con cierto sesgo hacia lo compasivo/sentimental.
Sheep in the Box muestra los límites del cine de Kore-eda, sobre todo su caída en la acumulación temática. La película quiere hablar simultáneamente del duelo, de la inteligencia artificial, de la ética tecnológica, de la maternidad, de la sustitución emocional, de la infancia, de la memoria y de la espiritualidad. Por momentos, las ideas parecen competir entre sí más que dialogar. No obstante hay algo verdaderamente singular centrado en deja de pensar la inteligencia artificial como tecnología y pensarla como mito. Kore-eda desplaza el problema de la IA hacia el Shinto –los principios de la religión sintoista– y hacia la relación japonesa con la naturaleza y los espíritus. En el Shinto existen los kami, unas entidades o presencias sagradas que habitan elementos del mundo natural, objetos, lugares, fenómenos o incluso estados emocionales. Los kami no son dioses, sino fuerzas vivas, espíritus o presencias que atraviesan la realidad. Una montaña, un árbol antiguo, un río o incluso un objeto cotidiano pueden contener un kami.
En ese contexto cultural, el niño robot deja de ser únicamente una máquina sofisticada. Kore-eda sugiere que las inteligencias artificiales podrían convertirse en nuevos receptáculos espirituales, nuevas formas de presencia. No sustituyen a los muertos; heredan algo de ellos. La película, entonces, abandona la pregunta occidental sobre si una máquina puede ser humana para formular otra más cercana al imaginario sintoísta: ¿Puede algo creado por los humanos albergar espíritu?
Carlos F. Heredero
La fidelidad constante a su preocupación fílmica más esencial (el lugar que ocupa la infancia en nuestra sociedad y en nuestras vidas) convive, en la nueva película del japonés Kore-eda, con una pertinente reflexión contemporánea sobre el lugar o la función que puede llegar a jugar, “en un futuro no muy lejano” –según reza el letrero que abre el film– la inteligencia artificial, aquí personificada en androides que puedan tomar la apariencia de nuestros seres queridos ya desaparecidos y, acaso, sustituirles para ayudarnos a gestionar el duelo. La metáfora del título proviene de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, y viene al relato para condensar la idea de la imaginación que también puede llegar a albergar, o no, una creación artificial hecha de titanio y programada, en este caso, para sustituir al hijo fallecido en la convivencia cotidiana de un matrimonio para el que la ausencia de su vástago sigue siendo una herida abierta a pesar de que la película, de manera un tanto equívoca, o quizás intencionada, les muestra al principio como si ya hubieran asumido tan dolorosa pérdida.
La fábula se acerca por momentos a ciertos perfiles que parecerían más propios de Spielberg y, de hecho, Kore-eda parece no saber bien cómo gestionar una apuesta muy arriesgada que se mueve por el territorio de la ciencia ficción humanista y esperanzada en busca de respuestas a interrogantes que empiezan a estar presentes en la sociedad actual. Y esa indefinición acaba por perjudicar a una película bastante plana en sus imágenes, protagonizada por dos personajes que nunca llegan a adquirir verdadero peso emocional (me temo que por un casting fallido) y por un robot con apariencia de niño que tampoco adquiere una entidad autónoma como tal. Kore-eda trata a toda costa de buscar una salida reparadora y optimista a su fábula y cree encontrarla, ya casi al final, en contacto con la naturaleza, pero a esas alturas la solución no pasar de ser un declarativo giro de guion que se integra con dificultad en todo lo anterior. Un capítulo menor, en definitiva, dentro de un filmografía de indudable coherencia.








