Carlos Losilla

Hay cineastas marcados por una sola película, que a veces es su ópera prima. En el caso de László Nemes, El hijo de Saúl (2015) se convirtió automáticamente tras su estreno en un film mítico por dos motivos: primero, porque renovaba la representación del Holocausto con lo que se llama un ‘dispositivo’ formal que en aquel momento sorprendió tanto a la crítica como al público; y segundo porque, a partir de ese impacto, también cambió el punto de vista moral desde el que contemplar aquel hecho histórico. Pues El hijo de Saúl se situaba –por decirlo de una manera rápida– a medio camino entre la exigencia purista de Claude Lanzmann y su Shoah (1985) y la opción espectacular escogida por Steven Spielberg en La lista de Schindler (1993). El primer film de Nemes era estricto sin renunciar al espectáculo: ¿qué otra cosa se puede decir de una película que seguía implacablemente a su protagonista, un sonderkommando de Auschwitz, dejando en fuera de campo los horrores que lo rodeaban pero, simultáneamente, haciéndolos así tan presentes que resultaban aún más punitivos para el espectador que si los estuviera viendo? Esta pasión por una visión de la Historia a la vez austera y cruel se repitió en Atardecer (2018), donde el asunto se trasladaba a la Primera Guerra Mundial para ver la Budapest de la época desde los ojos de una mujer en conflicto con el mundo. Y ahora, en Orphan, es un niño quien se enfrenta a los años cincuenta del siglo pasado, en la Hungría comunista, para regresar a la cuestión filial, pues aquí se trata de la infancia humillada por una paternidad a la vez ausente y demasiado presente, en medio de un ambiente tan hostil como el de los anteriores largos del cineasta.

A Nemes no parecen importarle tanto las tramas como su puesta en situación. Y en su caso siempre se trata de una mirada –la de sus protagonistas– que, superada por el contexto histórico, se refugia en un empecinamiento que la lleva a rehuir la realidad, pero también a reconvertirla en algo que se debe superar si se quiere llegar a un cierto conocimiento del mundo y de uno mismo. Pues bien, es ese abismo entre el ojo interno y la figura externa el que su cine intenta reflejar en la pantalla. Orphan, en este sentido, parece una síntesis entre el rigor formal de El hijo de Saúl y el despliegue visual de Atardecer. El niño mira y rechaza, observa y niega. Y el mundo se le resiste oponiéndole cada vez más obstáculos. De nuevo es el movimiento el que marca la deriva del film: el niño corre y corre, seguramente para huir, pero también para encontrar algo a lo que agarrarse. Y la película no puede hacer otra cosa que bascular entre estas dos opciones, avanzar y detenerse, tirar adelante sin contemplaciones y pararse de vez en cuando para ver por dónde va. Lo que en los dos filmes anteriores creaba una tensión perturbadora, sin embargo, parece aquí estancado, como si la película también se sintiera huérfana no tanto de un punto de referencia como de una inquietud que apenas logra esbozar, con la que solo decide enfrentarse en unos pocos momentos. Todas las escenas de Orphan están demasiado repletas de personajes, de objetos, de otras miradas, de otros cuerpos, y el resultado es una linealidad que, de tan abigarrada, casi nunca es capaz de desbordarse como sería de desear, de manera que el manual de estilo de Nemes ya no puede albergar nuevos desafíos. Al final, en la escena del parque de atracciones, una noria ejerce de metáfora perfecta de esta parálisis: cuando se detiene para que algo suceda, la película también lo hace y el efecto resultante es la pura impotencia, esa inacción que otras películas de esta Seminci han sabido convertir en nuevo comienzo y que en Orphan adquiere la forma de un fin de época, del rien ne va plus de una determinada estética.