Eulàlia Iglesias
En una escena de Club Kid, el debut en el largometraje de Jordan Firstman, el protagonista a quien encarna el propio director explica la importancia que tuvo el cine de Greg Araki en su adolescencia. El arranque de la película, situado en Brooklyn en 2016, entronca con el espíritu del New Queer Cinema. Firstman nos sumerge en la juerga y el descontrol de la cultura de club del Nueva York de la época desde una visión desinhibida y divertida de las drogas y del sexo. Peter es un promotor nocturno que ha convertido el desfase en su estilo de vida y que además se gana la vida con ello. Pero el film lleva a cabo un salto al presente para preguntarse hasta qué punto se puede mantener este ritmo. Firstman introduce un elemento que altera la vida de Peter: se le presenta un supuesto hijo biológico que engendró sin apenas recordarlo una de esas noches locas. La madre del chaval ha fallecido, y su mujer amiga decide entregárselo a su padre, que no tenía ni idea de su existencia.
Así, una comedia queer desfasada vira de repente hacia otro registro, el del film sobre el adulto que debe encajar en su vida una paternidad inesperada. Peter asume con buena predisposición esta nueva responsabilidad. El chico además resulta ser de lo más cool. El reto para el protagonista raya en si es posible combinar un estilo de vida disidente con la práctica de la paternidad. Cuando la película parece desembocar hacia una cierta conclusión conservadora (ser padre como forma de redimirse de la vida loca), un nuevo giro de guion la resitúa de nuevo en el territorio queer. Y pone en evidencia que el contexto social todavía no legitima las prácticas más alternativas de paternidad. Todo ello sin perder el tono ni la verosimilitud.
Club Kid es un buen ejemplo de una tendencia del cine queer contemporáneo que se plantea si, una vez aparcada la juventud, hay vida más allá del desfase y la disidencia. Firstman resulta todo un descubrimiento como cómico y director. Su película brilla especialmente en los momentos más humorísticos, celebra la experiencia de comunidad sin idealizarla, y sabe moverse por el terreno del cine de los afectos. En plena crisis de la industria estadounidense, Club Kid abraza el legado de una cierta tradición de cine independiente plenamente neoyorkino y actualiza sus coordenadas de manera convincente. También conecta con una actitud que atraviesa otros filmes de Cannes 2026: el abrazo de una esperanza arraigada en la realidad del presente.








