Diferentes visiones en torno a la representación del campo en el medio cinematográfico se han dado cita en el VIII Ciclo Nacional de Cine y Mujeres Rurales. Partiendo de la concepción de este como un espacio al que las protagonistas acuden para hacer las paces con su pasado o reencontrarse consigo mismas, su visión varía entre algunas de las narrativas propuestas. Cierto ambiente idílico puebla las imágenes de Los destellos (Pilar Palomero, 2024) y Los pequeños amores (Celia Rico Clavellino, 2024). Ambas hablan sobre reencuentros propiciados por la enfermedad y la necesidad de cuidados y se construyen a partir de un costumbrismo minimalista. Sin embargo, Los destellos observa el campo como lugar perfecto para compartir los últimos compases de una vida que se desvanece y la reconstrucción personal –ese plano final en el que Isabel (Patricia López Arnaiz), bajo el resplandor nacido de los rayos de sol y mirando al horizonte, es consciente de haber cerrado el círculo y reconoce la posibilidad inminente del inicio de una nueva vida–. Mientras, en Los pequeños amores este viaje no es tanto el medio para alcanzar respuestas sino el lugar desde el que abrazar la duda. Un espacio de incertidumbre respecto al porvenir que queda reflejado en un plano final donde Teresa (María Vázquez), sentada sobre la cama, es interrumpida por un brusco corte a negro que da paso a los títulos de crédito.
Es en el qué pasará donde también queda instalada Irene (Laia Costa), protagonista de Els encantats (Elena Trapé, 2023). La responsable de Blog (2010) utiliza idéntica estrategia audiovisual que Rico para transmitir al espectador dicha situación vital: brusco fundido a negro sobre la protagonista hacia los créditos finales. Y aunque tienda a la romantización del espacio rural –aquí en forma de aldea pirenaica– mediante el uso de la luz, este es un lugar no tanto para buscar respuestas sobre una misma, sino para sobrellevar el duelo. En Un amor (Isabel Coixet, 2023) el campo se torna en lugar de opresión, en un entorno que encierra a la protagonista, Nat (Laia Costa). Coixet puebla el encuadre de elevaciones montañosas que sirven como paredes que limitan el espacio geográfico, tornándolo en una cárcel en la que la violencia patriarcal física y psicológica está desbocada. Pero no importa tanto el camino como el fin en sí mismo. Porque, como muestra la escena de cierre, en la que los límites de la pantalla se ensanchan en sintonía con la liberación de la protagonista, lo relevante no es tanto lo que el individuo sufre sino su capacidad para cortar de raíz las telarañas que le oprimen, de lograr escapar para celebrar el empoderamiento final. ¿Y si Un amor, en el fondo, fuera cine de fuga y evasión? El uso simbólico del medio rural como punto al que retornar para sanar heridas del pretérito está presente en Nina (Andrea Jaurrieta, 2024). Quien firmara Ana de día (2018) juega con el western y el rape and revenge en una cinta en la que lo que de verdad importa es el viaje para confrontar los traumas del pasado, el valor para regresar a un entorno opresor del que algún día se logró escapar, pero al que hay necesidad de volver para saldar cuentas pendientes. Algo que termina por dilucidarse en su ambigüedad final, donde un plano de Nina (Patricia López Arnaiz), que tiene a su agresor (Darío Grandinetti) a punta de pistola, da paso al fundido a rojo que precede a los títulos de crédito.
Marcos Vasco Martín-Grande








