Carlos Losilla

Aludíamos hace unas cuantas reseñas al eterno conflicto entre fondo y forma –a propósito de Schwesterherz–, que no se resuelve de maneras tan fáciles como acostumbramos a pensar. Otra cosa es el trabajo de la cámara, una cuestión ideal para empezar a hablar de Kota, la película de Gÿorgy Pálfi que ha comparecido en Zabaltegi fingiendo dar voz a una gallina. Sí, han leído bien: Kota se publicita como un film contado desde el punto de vista de ese ave, algo que no es exactamente así. De hecho, he escrito ‘fingiendo’ porque eso es lo que hace el film: finge, manotea, grita que está de parte de la gallina cuando no es verdad. Pero empecemos por el  principio. Una gallina negra escapa del camión de la granja aviar en que es transportada e intenta sobrevivir por sí misma. Rechazada por el dueño del complejo, iba a convertirse en sopa, tal como afirma uno de los conductores, pero pronto la vemos en un supermercado de la autopista, huyendo de un zorro, y luego en una marisquería junto al mar –estamos en Grecia–, donde el dueño parece tomarla bajo su protección. No nos importa ahora eso, sin embargo, sino el modo en que Pálfi da a ver su perspectiva. Es cierto que de vez en cuando hay planos subjetivos, filmados desde su mirada, pero la mayor parte del tiempo el film utiliza la cámara como si únicamente estuviera filmando seres humanos: planos y contraplanos, planos generales, incluso algún que otro travelling más bien grandilocuente, como cuando, desde un gallinero, el plano alza el vuelo y nos enseña el mar… También hay una dudosa utilización de la música, con canciones románticas griegas para ilustrar irónicamente la aparición del gallo del corral y hasta el Bolero de Ravel en una versión horrenda. ¿No queda ya claro? Puede que el film esté de parte de la gallina, que quiera convertirla en la víctima de un mundo que no la admite, pero la filma como si fuera uno de esos seres humanos que tanto finge detestar. La cámara no miente. Y la cámara nos dice que la gallina sin nombre no merece que nadie invente para ella nuevas formas visuales, como hacía Jerzy Skolimovski con un asno en EO…

Y lo mismo con la narrativa. ¿Le importa a Pälfi la historia de la gallina, que debería ser una historia pequeña y humilde, una historia en la que un ser inocente se enfrentara a un universo de corrupción? No. Lo que le importa a Pálfi es que ese ser nos lleve a la historia que realmente quiere contar, una gran historia de denuncia sobre inmigrantes ilegales, y una historia familiar, y una historia de mafias. Una historia de seres humanos, como esas de las que finge –una vez más– alejarse. Hay, pues, un cambalache de puntos de vista, un cambalache de lenguaje y un cambalache narrativo. La película se hace pasar así por lo que no es: una fábula animalista en la que una gallina ama a sus huevos y polluelos sobre todas las cosas y la humanidad es algo tan sórdido y sin corazón como en una película de Lanthimos. Kota, por el contrario, es una historia de hombres que utiliza a una gallina como rehén para hacer reír a su audiencia, para forzarla a identificarse con el ave en cuestión, para manipularla durante todo el metraje haciéndole pensar que está haciendo un film político cuando está rodando un thriller más bien zafio y grotesco, una película moralmente más cuestionable que sus protagonistas humanos. Ni la gallina ni la audiencia se merecían algo así.