Carlos F. Heredero

El relato emprende su andadura saltando de una mujer a otra: una ya madura directora de cine estadounidense que llega a la Semana de la Moda en París para filmar una especie de videoinstalación, una inexperta y joven modelo proveniente de Sudán que huye de un mundo en guerra para debutar en el universo de las pasarelas y buscar un futuro diferente, una maquilladora francesa que sueña con cambiar de vida y busca un porvenir como escritora que narra en su relato las  experiencias reales que ha vivido en su profesión, otra modelo de origen ucraniano que ha escapado también de un ámbito bélico y una joven costurera encargada de confeccionar el vestido que debe llevar la debutante en el desfile. Por su aparente aliento coral, se diría que estuviéramos ante una estructura propia de Robert Altman (Prét-a-porter, 1994, viene inevitablemente a la cabeza), a medida que cada una de estas mujeres van dando el relevo a la siguiente, pero la ilusión se desvanece muy pronto y enseguida nos damos cuenta de que el film de Alice Winocour se queda muy lejos –a años luz– de aquel satírico y azufrado referente.

El sentido del humor brilla por su ausencia en esta radiografía del universo de la alta costura que quiere ser crítica en su retrato de las tensiones a las que son sometidas las jóvenes modelos y las figuras subalternas, pero que está construida a base de pinceladas más bien tópicas y superficiales. Incluso cuando la historia abandona casi al resto de las mujeres para centrarse en la enfermedad que diagnostican al personaje interpretado por Angelina Jolie (actriz que sin duda se ha tomado esta producción como un empeño personal), la película no hace otra cosa que engolar la voz y ponerse trascendente sin ir nunca mucho más allá de los lugares comunes. Convencional y rutinaria en sus formas, Couture desemboca en una escena de sexo donde, en realidad, lo único que realmente ‘vemos’ allí –¡entiéndase el sentido figurado de la frase!– es al ‘coordinador de intimidad’ coreografiando los cuerpos de forma pulcra y aséptica, casi de plástico, en una muestra más del mojigato puritanismo que por desgracia invade gran parte de la producción internacional.