Carlos F. Heredero
Incomprensible falso prestigio del cine europeo, el belga Joachim Lafosse acostumbra a centrar sus ficciones en el escrutinio de grupos familiares y de las tensiones que les rodean o que subyacen a su convivencia cotidiana. Es la materia prima que sostiene también esta historia de las vacaciones –parcialmente furtivas– que una madre separada de su marido emprende con sus dos hijos, y con el nuevo novio que tiene ahora, en la lujosa mansión que los abuelos paternos poseen en una lujosa urbanización de St. Tropez: una anécdota que tiene, por lo demás, un origen estrictamente autobiográfico en idéntica experiencia infantil que el propio cineasta vivió cuando su madre, recién divorciada, tomó la misma decisión que la protagonista del film, abriendo así la puerta a una serie de tensiones que Lafosse vivió entonces junto con su hermano y que nunca ha podido olvidar.
Centrada sobre todo en la figura materna, a quien la cámara del cineasta se pega con obsesiva cercanía (mayoritariamente, en la primera mitad del metraje), la película adolece de una vibración propia y es víctima de múltiples incoherencias o caprichos de guion: la relación entre la madre y el novio es inexistente (jamás se atisba ni la más mínima atracción de ella hacia él, ni tampoco viceversa); el papel del segundo es el equivalente al de una planta, o un mueble, colocados allí por el cineasta sin que la chispa de la química amorosa aparezca en ningún momento (ni la puesta en escena, ni la interpretación del actor contribuyen a inyectar vida en él); los dos niños son unos santos, tan obedientes como dóciles, por más que una inocente travesura suya de pie al guion para introducir, de forma aislada y casi de sopetón, una violenta pincelada racista… Todo es plano, no hay aristas, nada respira más allá de la cansina ilustración del guion, aderezada con una banda sonora empalagosa que se superpone –machacona– para subrayar algunos momentos intermitentes de supuesta felicidad. En resumen: otra mediocridad más de su director.











