Cristina Aparicio
En la lucha canaria es crucial aprovechar la fuerza del contrincante: tener la habilidad para desequilibrar al oponente, sin herirle, haciendo que caiga al suelo. Cuando uno ve este deporte por primera vez, sorprende el hecho de que sea ante todo un ejercicio de contacto, casi de fusión entre los luchadores, quienes se abrazan y eliminan cualquier espacio interpersonal entre ellos. José Ángel Alayón filma esta experiencia dando, precisamente, a ese contacto entre los cuerpos la relevancia que tiene. Por eso, en La lucha los cuerpos ocupan la mayor parte del plano y no solo durante los combates: con su manera de encuadrar, Alayón le otorga a lo corporal el protagonismo absoluto. Así, con la cámara tan pegada a la piel, tan cerca de los personajes que incluso a veces cuesta descifrar donde empiezan y terminan los luchadores, consigue esa sensación de porosidad, de transpiración. Algo que en realidad remite directamente al fondo del film: la manera en que el cuerpo supura lo que silencia la mente. Porque esta es una película de cosas no dichas, de emociones palpitando fuertemente en el interior de quien no encuentra las palabras para hacerlas grito. Aunque en el film impera el silencio, la elocuencia llega a través de las imágenes: el árido paisaje de largas carreteras y pocos habitantes, la elección del rojo como elemento distintivo de los luchadores o la inmóvil caravana como residencia temporal, un símbolo de la parálisis que padece su protagonista. No será el único elemento con carga simbólica de la cinta: la estatua en homenaje a una luchadora canaria convierte en barro el vacío y la pena que cargan un padre y su hija, ese abrazo que falta, el abrazo perdido, el abrazo que necesitan.











