Carlos F. Heredero

Conocemos el modelo: simetría y frontalidad de los encuadres, movimientos mecanizados de los actores (incluso en su gestualidad milimétrica, siempre reducida al mínimo), diálogos dichos a ritmo de metralleta, hiperestilizacion de los decorados, tramas fantasiosas, escenarios exóticos, castings plagados de cameos con famosas caras del star system… El estilo de Wes Anderson, que se ha ido radicalizando y replicándose a sí mismo cada vez con mayor autocomplacencia, es tan reconocible –e intransferible– que cuando entramos en el universo de sus películas sabemos ya perfectamente a qué atenernos, cada vez con menos espacio para la sorpresa o el hallazgo novedoso. Algo que tampoco vamos a encontrar en The Phoenician Scheme, si bien hay en este nuevo film del autor de El Gran Hotel Budapest, Moonrise Kingdom o Fantástico Sr. Fox algo más de empatía con sus personajes, algo más de aire (no mucho) para la circulación de las emociones y algo menos de la estéril mecanicidad autosatisfecha en la que habían caído La crónica francesa y, sobre todo, Asteroid City, sus dos trabajos anteriores.

Su protagonista es Zsa-Zsa Korda, un poderoso hombre de negocios cuyo currículum está lleno de corrupción y de violencia (Benicio del Toro), pero que afronta su futuro inmediato tratando de reencontrarse con su hija (una monja de clausura que empieza a descubrir los placeres del mundo a lo largo del relato) a la vez que intenta pactar y/o engañar a sus poderosos rivales empresariales, todo ello situado en lejanos e imaginarios parajes y en el año 1950. No hay sorpresas en la puesta en escena: todo discurre conforme al libro de estilo de este cineasta dandy cuyos minuciosos y preciosistas artefactos corren el riesgo de desvelarse como hermosas cajitas vacías, como sofisticados puzles hechos de piezas que se relacionan entre sí con la misma precisión deshumanizada de un mecanismo de relojería. Con todo, The Phoenician Scheme abre un cierto margen para la esperanza (se trata de un film un punto menos artificioso y atropellado que Asteroid City, y algo más humano en el retrato de sus protagonistas, aunque no por ello menos controlado), a la espera de que su autor se atreva a recuperar el aliento y los destellos vitales que enriquecían sus primeras películas.