Àngel Quintana
La escritora argentina Ariana Harwicz publicó en 2012 una novela titulada Mátame amor en la que se habla de lo que pasa cuando la maternidad se vuelve cárcel y el único refugio de la mujer es ella misma, su alienación da pie para imaginar huidas que reclaman una identidad por fuera de la vida conyugal. La cineasta escocesa Lynne Ramsay parte de este texto íntimo para realizar una película en primera persona sobre el trauma postparto de una mujer que se siente sola en medio del bosque y deja volar su imaginación hacia territorios turbulentos. Lynne Ramsay basa toda su película en la interpretación de Jennifer Lawrence, que retoma algo del papel que interpretó en ¡Madre! (2017), de Darren Aronofsky, para hablar de un deseo de destrucción personal y de llegar hasta el final para acabar con los residuos de una vida conyugal envenenada junto a su marido Jackson (Robert Pattinson). El tema tratado por Lynne Ramsay remite curiosamente a la película de Mar Coll, Salve Maria (2024) donde la crisis postparto también conducía a territorios terroríficos. Mientras en la película de Coll había contención, en la de Lynne Ramsey el efectismo determina una puesta en escena basada en golpes inútiles, desplazamientos desde lo real hacia lo onírico e inciertos saltos temporales. El resultado final es una película fallida cuyo mayor aliciente son las guitarras distorsionadas de su banda sonora que anuncian un caos que las imágenes hacen más que evidente.
Carlos F. Heredero
La todavía reciente película de Mar Coll, Salve Maria (2024), resuena inevitablemente bajo la propuesta dramática planteada aquí por la británica Lynne Ramsey –a partir del libro homónimo de la argentina Ariana Harwicz– a fin de explorar nuevamente el difícil periodo de la maternidad cuando la mujer, durante los primeros meses después del parto, se enfrenta a desajustes hormonales y a una realidad desconocida que la puede desequilibrar o plantear conflictos que la sobrepasan y para los que no tiene las herramientas necesarias para hacerles frente. Solo que allí donde la directora española optaba por un registro de contención y por una arriesgada hibridación de géneros, Ramsey pisa el acelerador del efectismo extremo desde el comienzo y da rienda suelta a todo tipo de histrionismos autodestructivos por parte de su protagonista. En su ecléctica puesta en escena, el sexo se convierte en una batalla violenta, la naturaleza en un bosque ardiendo, la vida matrimonial en un infierno y la percepción del tiempo en un bucle que mezcla pasado y presente con el mismo desorden que supuestamente habita en la cabeza de una mujer a la que confiere credibilidad la muy física interpretación de Jennifer Lawrence. Todo se lleva al límite, incluida una banda sonora que rompe casi siempre con los códigos ilustrativos convencionales para disputarle a la madre el protagonismo de la representación. Más aparatosa que profunda, más gritona que honda y más caprichosa que sincera, la propuesta formal se despeña casi a cada rato por los golpes de efecto y por los caminos menos productivos. Otra decepción más.








