Eulàlia Iglesias

¿Quién se acuerda hoy en día de Marcel Pagnol? El autor de Manon des sources (1952) gozó de una inmensa popularidad como dramaturgo y cineasta en la Europa de entreguerras, pero su imaginario tan ligado a una Francia costumbrista de acento marsellés pasó rápidamente de moda después de la posguerra. Sylvain Chomet, el responsable de Bienvenidos a Belleville (2003) y El ilusionista (2010), recupera su figura en un biopic animado que justo arranca en París en 1956, cuando el escritor es consciente de que ha pasado su mejor época y acepta el encargo de escribir sus memorias. Una excusa perfecta para que la película se adentre en los recuerdos de su protagonista de la mano de un Pagnol niño que ejerce de conductor de toda la historia.

La animación de línea clara y contornos cálidos de Chomet encaja de maravilla en la recreación del universo de una figura premoderna como Pagnol, un provenzal con vocación de escritor que deja su tierra para triunfar en París, y en la capital francesa se da cuenta de que aquello que le puede dar fama es precisamente la reivindicación de una idiosincrasia marsellesa popular que no esconde su acento, a pesar de los prejuicios de los parisinos. Los éxitos de obras como Marius (1929) facilitaron que Pagnol pudiera convertirse también en director de cine, de hecho, en un emprendedor que decide construir sus propios estudios en Marsella. Esta pequeña incursión por una subtrama menos conocida de la historia del cine francés de los años treinta y cuarenta, con sus estrellas olvidadas como Raimu o Josette Day, y el intento de existencia de una industria descentralizada, es el punto de mayor interés de Marcel et Monsieur Pagnol. El biopic de Chomet no deja de tener su encanto nostálgico, pero también abraza un tono entrañable y oficialista (estamos ante un encargo directo de los herederos del homenajeado) a lo largo de todo el metraje que por momentos se acerca a lo rancio. Producida por Netflix, resulta difícil pensar si el film encontrará espectadores más allá de la audiencia francesa, los veteranos que aún recuerdan al autor de La gloria de mi padre (1957) y los admiradores de la animación también más propia de tiempos analógicos de Sylvain Chomet.