Carlos F. Heredero

Recife (Brasil), año 1977. Allí sitúa Kleber Mendonça Filho este thriller de coherentes modales, formato y cromatismo setenteros (incluido el scope anamórfico) que radiografía el estado de corrupción, venalidad y violencia en el que vive el país bajo la dictadura militar que en aquel momento encabeza el general Ernesto Geisel, hacia cuyo retrato –colgado en los despachos de instancias oficiales– se acerca en varias ocasiones la cámara del cineasta. Su protagonista es Marcelo (de verdadero nombre, Armando), un funcionario en busca de su hijo (criado hasta entonces por sus abuelos), pero atrapado en una red de intereses bajo cuyo entramado aparece una poderosa empresa cuyo nombre resuena, no por azar, con el de la poderosa Petrobras, de la que había sido presidente el propio Geisel. Perseguido por los sicarios de esa compañía, alojado en un edificio-refugio para perseguidos por la dictadura (regido por una memorable anciana que dice haber sido antes “primero comunista y luego anarquista, o al revés”, porque no lo recuerda exactamente), de imprecisa definición ideológica y oculto bajo una falsa identidad, el protagonista atraviesa este largo relato (158 minutos) al compás de una narración vibrante capaz de mezclar los ecos de Tiburón, John Carpenter, Brian de Palma y Mario Bava, junto con una vívida y diversa representación del Brasil de la época, en todas sus manifestaciones (el carnaval, las cloacas policiales, los crímenes empresariales, los disidentes, la población LGTBI, los comercios y la vitalidad callejera, un parque público de cruising, la proyección de Tiburón y de La profecía en los cines) con un pulso admirable y con una capacidad para integrar diferentes registros más que notable.

Inmersión vitalista y colorista en un país caótico en el que los perseguidos por las mafias estatales se agrupan en refugios solidarios y en el que, andando el tiempo, las fichas y los registros de lo sucedido comienzan a ser materia de estudio por los jóvenes de nuestra época, como descubriremos en un epílogo en el que el hijo de Armando/Marcelo aparece interpretado por el mismo Wagner Moura, intérprete de su padre durante todo el relato anterior y coproductor del film al mismo tiempo. Una notable realización de un cineasta cinéfilo que había sido antes crítico de cine y que sabe ‘reutilizar’ las bien visibles referencias fílmicas de las que se alimenta para componer, a partir de ellas, una obra con poderosa originalidad y a la que su puesta en escena consigue dar una densidad propia.


Àngel Quintana

En la primera escena de O agente secreto de Kléber Mendonça Filho un hombre yace muerto y cubierto por unos sacos de periódico en una gasolinera de Recife. Son las fiestas de Carnaval del año 1977 y la policía no ha tenido tiempo para retirar el cadáver. Durante la celebración hay muchos muertos y en un cine de la ciudad –uno de los locales evocados por Mendonça en su película anterior Retratos fantasma (2023)– se proyecta Tiburón. Los periódicos hablan de que ha sido hallada la pierna de un hombre devorado por un cetáceo y esa misma pierna acabará paseándose sola por la ciudad imponiendo su poder. Todo el pasado tiene algo de pesadilla, de recuerdo borroso y kitsch. En el presente, el viejo cine no existe y ha sido sustituido por un banco de sangre. Con pocos elementos, Kléber Mendonça Filho nos da algunas claves de un curioso thriller político de denuncia, que revisita el pasado a partir de diversas capas y desde un imaginario en el que introduce numerosos elementos de la cultura popular, sobre todo del cine de terror de serie B.

O agente secreto es, como lo fueron previamente Aquarius (2016) o Bacurau (2019), una parábola de las heridas de su país construido como un retrato de fantasmas. Marcelo (excelente Wagner Moura), es alguien que huye de un pasado y al mismo tiempo quiere investigar las huellas de otro pasado anterior que atañe a su propia familia. A medida que huye o investiga aparecen una serie de personajes desaparecidos de los que se han querido borrar las huellas. En otra época, una investigadora universitaria quiere descubrir las claves de lo que ocurrió a partir de documentos y periódicos. La historia nunca puede llegar a cerrarse y solo sabemos que un gran baño de sangre es el síntoma de una historia de represión y sufrimiento. Mendonça nos habla de una ciudad en fiestas en cuyo interior se encuentra la mano feroz de la dictadura brasileña, en la que las identidades son reconstruidas, la corrupción está en los sistemas de poder y una antigua luchadora ha convertido su casa en un refugio de seres perseguidos. Los fantasmas del pasado se van instalando como si estuviéramos en una película de serie B que dialoga con los programas dobles que se proyectan en el cine de la ciudad. En el trasfondo de toda la historia hay un relato de poder, en el que los poderosos buscan formas de provecho económico y los sicarios trabajan sin ninguna moral a cualquier precio. Mendonça habla del pasado de su país para entender las heridas que subyacen en el presente, evoca las heridas para construir un relato sobre la sangre de la propia historia. Su cine puede parecer disperso, irregular, amante del mal gusto. El cineasta se sitúa muy lejos del academicismo de Aún estoy aquí (2024) de Walter Salles, para construir un relato en tensión en el que, tras la pulsión de muerte de la historia, siempre acaba fluyendo la fuerza de la vida.