“Siempre he entendido el poema como un fracaso bello, un fracaso que tiene que ver con la pérdida de la relación entre lenguaje y productividad. ¿Qué puede hacer el lenguaje cuando lo alejamos de su función utilitarista, cuando no pretendemos obtener nada a cambio? El poema siempre es inútil y yo lo celebro. Celebro su marginalidad, su estar constantemente en el borde. No le pido a la poesía que nos salve, no quiero que nos cure. Lejos de cualquier expectativa o recompensa, de repente la palabra es capaz de llevar la imaginación hacia lugares utópicos, a esa lejanía posible, y traerlos al presente. El poema, en potencia, enrarece el statu quo. Nos aleja de la necesidad constante de sentirnos productives. Hace sin hacer. Es lo más parecido a un conjuro”. Estas palabras del poeta Ángelo Néstore, recogidas en una entrevista firmada por Juanpe Sánchez López para el diario digital Ctxt, bien podrían servir de conector imprevisto entre La viajera, de Hong Sangsoo, y ¡Caigan las rosas blancas!, de Albertina Carri, dos de las películas que destacamos entre los estrenos de este mes de abril. Precisamente sobre el modo poético de buena parte del cine de Hong Sangsoo centra su texto Violeta Kovacsics, que habla de ello como una forma de reinventar el lenguaje, de escapar a la narratividad más convencional y de componer a través de lo tonal, del gesto mínimo o del ritmo. “El cineasta vuelve a trazar múltiples ecos, rimas, repeticiones, huecos y resonancias para articular una densa madeja de correspondencias y vacíos cuyo espesor se expresa –y este es siempre el milagro más misterioso de su cine– con la máxima transparencia y con liviana ingravidez”, dice también Carlos F. Heredero en su crítica de La viajera.
Pero la cita de Ángelo Néstore puede servir de enlace entre el cineasta surcoreano y la argentina Albertina Carri porque asocia lo poético con la inutilidad del lenguaje en términos productivos (y de narratividad), pero también con el fracaso, la marginalidad, la imaginación e incluso la magia como espacios desde los que soñar otros mundos posibles. Una lectura queer, en definitiva, que recoge algunos de los muchos temas que propone Carri en su película. Decía el crítico literario formalista Victor Shklovsky que la poesía sirve para transgredir el automatismo de la percepción, para prolongar y dificultar esa percepción. Algo así como provocar un extrañamiento que, a través del lenguaje, nos aleje del mundo para luego poder mostrarlo mejor porque es ya distinto. Y algo de esto hay también en el cine de Carri en general y en ¡Caigan las rosas blancas!, en particular. Porque sus películas se construyen y deconstruyen, se transforman, mutan y vuelven a destruir para colocarnos siempre frente a imágenes y relatos que se resisten a ser insertados en una categoría, por muy abierta que sea. Las películas de Carri elaboran discursos dinámicos, inconclusos, desafían formatos y géneros, introducen lo performativo y juegan con lo metalingüístico, para proponer muchos más interrogantes que respuestas.
Pero hay quizá un elemento esencial en su cine, del que habla también Néstore en la cita, que funciona no solo como motor creativo, sino como eje desde el que sostener toda su poderosa potencia subversiva. Y es esa idea del ‘fracaso bello’, del error, de la pérdida, del fallo, como lugar desde el que escapar. En la película de Carri, no por casualidad una road movie mutante, que dialoga con múltiples códigos de género, las protagonistas lo van perdiendo todo, se deshacen mientras caminan (como la propia película), para convertir el fracaso, la desilusión o la imposibilidad de encajar en las normas, en lugar de resistencia creativa, en una alternativa posible. Tal y como explica Jack Halberstam en su libro El arte queer del fracaso (2018), es posible reivindicar el error como lugar desde el que confrontar con el poder, con las lógicas hegemónicas del progreso, del positivismo e incluso de una idea capitalista del éxito según la cual valemos tanto como tenemos. El fracaso permite entonces desvelar (imaginar, inventar) escenarios alternativos que, en este caso, son también un desafío al esencialismo (y las divisiones binarias hombre/mujer, cultura/naturaleza, mente/cuerpo, vida/arte, práctica/teoría…), al colonialismo o al humanismo. El fracaso como oportunidad desde la que pensar un mundo, como dice Donna Haraway, “Amalgamado por afinidades y no por identidades”. ¡Bienvenido sea siempre el fracaso bello!
Jara Yáñez








