Carlos F. Heredero

Siete años después de la memorable inmersión en el territorio de los sueños que supuso El largo viaje hacia la noche (2018), su director viene a proponernos con su siguiente film un nuevo trance hipnótico por algunos de los itinerarios que ha recorrido, a lo largo del siglo XX, la historia del cine, lo que en este caso equivale también a la historia de cómo la ficción fílmica ha configurado los sueños de sus espectadores. Igual que en aquel film, Bi Gan nos coloca aquí ante una compleja y sofisticada estructura narrativa construida sobre un andamio todavía más intrincado: a finales del siglo XX, la humanidad ha descubierto el secreto de la longevidad, pero a costa de perder su capacidad de soñar. Solo algunos individuos (‘fantasmers’, se llaman) persisten en su empeño soñador y se pierden en otras tantas películas de ficción que evocan, una tras otra, diferentes etapas, modelos, movimientos, tendencias y referencias de la historia del cine (los cinco segmentos centrales del relato), a la vez que se estos aparecen respectivamente vinculadas con cada uno de los cinco sentidos. Solo que también existen otros seres, encargados de preservar la linealidad del tiempo y de rescatar a los ‘fantasmers’ de las ficciones fílmicas imaginarias en las que se pierden (el personaje interpretado por Shu Qi).

Entramos en la película a través del segmento dedicado al cine de los orígenes y a las dos primeras décadas de su historia (quizás la pieza más deslumbrante y ‘maravillosa’ del film (en los términos propios de Méliès), a modo de diorama que encierra una poliédrica casa de muñecas. Allí comparecen El regador regado¸ El viaje a la luna, Nosferatu, Quasimodo, Frankestein, el expresionismo alemán y muchos otros ecos que se esparcen por una primorosa puesta en escena que convierte a la pantalla en una caja mágica llena de sorpresas y de imágenes propias del fantástico (no está lejos tampoco el Fausto de Murnau), desvelada con expresa intencionalidad como una doble operación metanarrativa. Y seguimos avanzando después por sucesivas décadas de la historia del cine a medida que acompañamos al actor Yee Jackson (intérprete de cinco personajes diferentes en otros tantos episodios) a lo largo del trance onírico, histórico y fílmico que Bi Gan consigue llevar a buen puerto con una inventiva desbordante que parece no agotarse nunca.

El viaje desemboca en un largo y alambicado plano-secuencia de cuarenta minutos (el quinto capítulo) a lo largo del cual seguimos al personaje por intrincados laberintos y callejuelas, pero esta vez acompañado por una mujer-vampiro a la que él decide sucumbir a fin de sumergirse, ya para siempre, en el sueño vampírico del cine y de la inmortalidad. El placer sexual del mordisco es aquí la entrega definitiva al universo imaginario que supone un hermoso amanecer al que parece dirigirse una barcaza que nos hace rememorar inevitablemente a L’Atalante (Jean Vigo). Solo que todavía quedará después un epílogo en el que la figura de Shu Qi recupera al ‘fantasmer’ para reconvertirlo en el monstruo fílmico que, en términos estrictamente frankesteinianos, se corresponde en realidad con la propia concepción del film en su conjunto. A la postre, su envolvente ‘ensamblado’ de piezas viene a proponer un viaje fantasmático –preñado de entusiasmo naíf y melancolía crepuscular en equivalente proporción– por una representación feérica que trata de poner en pie, con plena conciencia recapitulativo, la resurrección del sueño imaginario por excelencia del siglo XX. Una película audaz y ambiciosa donde las haya, una obra felizmente fuera de norma, uno de esos títulos que justifica un festival entero.


Àngel Quintana

A la salida de la proyección de Resurrection puede parecer lógico preguntarse si la película que hemos visto es una fábula distópica o una pieza de orfebrería que reivindica la fuerza y la pasión del cine como aquel medio de expresión que atravesó toda la memoria del siglo XX. El cineasta chino Bi Gan realiza una película de una gran espectacularidad y virtuosismo visual. Se trata de una compleja superproducción en la que la imagen parece llegar al límite de las experimentaciones formales realizadas previamente en dos obras de culto como Kaili Blues y Largo viaje hacia la noche. Resurrection sigue los desplazamientos de un hombre durante un siglo de sueños, persigue los movimientos de alguien que se encuentra perdido en una sociedad –¿nuestro mundo postpandémico?– en el que nadie puede llegar a soñar. Los únicos que sueñan son los ‘fantasmers’ que han conseguido evadirse de lo real y encuentran su refugio en un entorno en el que las ilusiones y los delirios del opio llevan hacia los horizontes de unas ficciones en las que lo imaginado se impone a lo real, en la que los relatos reflejan parte de ese paraíso perdido de los sueños. Un ‘fantasmer’ está perdido entre diferentes sueños mientras una mujer –que asume el punto de vista del relato– intenta entrar en sus sueños para socorrerlo.

Resurrection es una película compuesta por cinco sueños en los que transitan figuras monstruosas, mujeres-vampiro, mafiosos de las tríadas. Cada uno de los sueños que nos propone Bi Gan  es un viaje hacia los espacios más recónditos de un cine en el que se han refugiado los ‘fantasmers’ y con el que Bi Gan recrea modos de representación de la vieja historia del cine, modos que atañen a la forma de utilizar la cámara, a los géneros cinematográficos y al uso de los formatos. En el primer segmento de la película Bi Gan penetra en el cine mudo, a partir de la conciencia clara de sumergirse en el origen, en la imagen de un regador regado que va a volver como signo de ese tiempo de inocencia del cine, en el que tal como afirmó Jean Renoir, todas las películas podían ser bellas porque eran las primeras. En este espacio aparece un monstruo que oculta ese deseo de sueño, hay enigmas perdidos y una especie de embalsamamiento del tiempo. El segundo fragmento nos lleva a un mundo cubierto por la niebla en el que las bandas de mafiosos se baten entre elles, como si estuvieramos ante una ficción de los años veinte en el que un policía persigue a un asesino que se dedica a perforar las orejas de sus víctimas. Bi Gan nos propone otros desplazamientos, entre ellos a un templo budista nevado en la que la estatua del buda aparece resquebrajada y donde residen los espíritus. También entramos en la historia una niña que conoce extraños trucos de magia olfativa hasta que en la parte final el cineasta vuelve a viajar hasta el final de la noche para mostrarnos a una mujer-vampiro que persigue a su futuro amante en la noche de fin de año de 1999, cuando todo parece conducir hasta el fin.

Bi Gan vuelve a jugar, como en sus dos películas anteriores, con el virtuosismo de un maravilloso plano secuencia que atraviesa diferentes espacios claustrofóbicos hasta mostrarnos cómo, tras el previsible apocalipsis, se produce la resurrección. El nuevo siglo luce con fuerza en un puerto y los dos protagonistas se embarcan hacia nuevos horizontes. Bi Gan cierra la película volviendo al mundo del cine, resucitando a un ser monstruoso y recordándonos lo que sique siendo el refugio de todos los sueños. Bi Gan juega al exceso, a la saturación de formas, de movimientos, pero nos ofrece las imágenes más bellas y perturbantes. Su relato puede parecer en algunas ocasiones naíf o confuso, pero hay algo que electriza la mirada a partir de la fuerza estética de unas formas que se imponen y emocionan. Unas formas fílmicas que exploran el pasado del cine a partir de mil referencias, pero que no cesan de proyectarse hacia el futuro.