Fernando Bernal
Durante más de dos décadas Sompot Chidgasornpongse ejerció como asistente de dirección de Apichatpong Weerasethakul en títulos esenciales para la cinefilia contemporánea como Tropical Malady (2004) o Memoria (2021). Ahora, el maestro tailandés aparece como productor de la ópera prima de ficción de su compatriota, que anteriormente había firmado el documental Railway Sleepers (2017), en el que retrataba a los viajeros de los trenes de largo recorrido en su país. En este caso, el viaje sigue siendo el motivo narrativo que impulsa el film, pero lo hace desde un punto de vista mucho más íntimo y ligado tanto a la concepción física como a la espiritual que implican comenzar un recorrido con un final perfectamente señalizado. El cineasta narra un día en la vida de la familia de Sazol, un hombre que decide reunir a sus seres más cercanos para acompañar a la matriarca enferma del clan y recorrer juntos nueve templos durante una jornada, con la idea de que la anciana acumule el suficiente karma en esta vida para disfrutar de un plácido reposo en su existencia futura tras la muerte. Entre rituales, oraciones y conversaciones íntimas, la película se puede leer en clave de retrato de la Tailandia contemporánea, mientras asistimos en primer plano a la disección de las relaciones familiares que se reconstruyen a lo largo de una obra que finalmente supone una reflexión sobre el acto de mirar, y de lo que supone intrínsicamente para el espectador participar de ese acto colectivo.
Aunque por su dispositivo formal y por la cadencia de sus imágenes la propuesta de Chidgasornpongse puede asimilarse con algunos rasgos del cine contemplativo, la película incluye un ritmo interno que hace que ese viaje, a pesar de lo iterativo del recorrido, no se agote en sus intenciones en ningún momento. Las nueve paradas del convoy familiar suponen distintos acercamientos a los temas que plantea –desde la comedia, el drama o lo estrictamente espiritual– mientras el naturalismo del comienzo va dejando, poco a poco, espacio a lo sensorial, principalmente representado en el paso de las horas y en la luz cambiante del día. Se trata de un trayecto inexorable hacia el ocaso, pero también hacía lo onírico. En este punto, el cineasta presenta algunas fugas extracorpóreas de una exquisita pátina poética y un componente sobrenatural que remiten, sin duda, al cine del autor de Cementerio de esplendor (2015) y que alejan el film del discurso propio neorrealismo cotidiano. Lo espiritual converge con lo profano, con las preocupaciones de cada miembro de la familia, en un film que arrebata con sus imágenes y que tiene la capacidad íntima de emocionar sin artificios.








