Para David Foster Wallace “ser un turista de masas equivalía a convertirse en un puro ‘americano’; en un foráneo, ignorante y codicioso de algo que no se puede tener y decepcionado de una forma que nunca podrá admitir”. En esta idea de turismo o idea del viaje, que implica estropear el objeto mismo por el que se ha viajado, aparece la mordaz visión de Kikol Grau. Turismo de guerra supone un afilado espectáculo, tan satírico como preocupante ya que, a medida que avanzan los problemas de la acelerada desterritorialización de todo tipo de poblaciones por el turismo insaciable, se expresa la inaudita proliferación del denominado ‘dark tourism’ en una época en la que la gentrificación cultural y la ignorancia es proporcional a la banalización de la memoria histórica. Estos ‘episodios nacionales’ recorrerán algunos parajes históricos de la geografía española para revivir e intentar explicar los motivos que han hecho del horror, la represión y la barbarie, un negocio. Y es que, como se ejemplifica en el film, de la guerra también se sale, pero, en este modelo social de los selfies, las colas y los helados a las puertas de antiguos campos de concentración, se impone una conclusión tan dolorosa como ineludible: el infinito poder económico puede convertir al sujeto en un elemento significativo, pero existencialmente aborrecible y absurdo.

Felipe Gómez Pinto