Quimera metálica vomita

Lucas Lagrange

Vomita metal, semen, petróleo, fantasmas, cuerpos deformados por la velocidad y por la propia textura de la imagen. Vomita una leyenda urbana inventada que se presenta como documental para, pocos minutos después, comenzar a desintegrarse. Porque si algo define a Broom Broom Follar, el último cortometraje de SOHU, es una constante de ‘erosión’.

Esto atraviesa todo. Las imágenes aparecen desgastadas, corroídas, espectrales. El montaje, cercano por momentos a las pulsaciones de un flicker film, empuja la película hacia un estado de mutación permanente. Nada permanece demasiado tiempo en una misma forma. El documental se convierte en mito. El mito en delirio. La moto en cuerpo. El cuerpo en ‘otra’ cosa.

La película arrasa con cualquier identidad estable. Sus intertítulos funcionan como fragmentos de una cosmología transhumanista que vertebra el relato: “El motor es un órgano sexual”, “El tubo de escape es el ano de la velocidad”, “El petróleo nace de la muerte y la vida nace del semen”. Sin embargo, la película nunca trata estas afirmaciones como una tesis. Las deja circular. Las mezcla. Las acelera hasta convertirlas en flujo. Más que significar, produce contagios entre cuerpos, objetos, ideas, imágenes.

Hay algo profundamente contemporáneo en ese gesto frente a un presente saturado de imágenes, discursos y posibilidades contradictorias. SOHU no impone orden. La película acepta el ruido. Lo atraviesa. Se deja arrastrar por él como si entendiera que quizá ya no sea posible escapar del caos y que la única alternativa es aprender a habitarlo y fluir.

Pero sería un error confundir esta deriva con el cinismo. Bajo toda la acumulación de texturas, bromas, mutaciones y provocaciones, Broom Broom Follar es una película atravesada por el amor como acto de fe y rebeldía en un mundo donde las grandes estructuras de sentido parecen haber perdido consistencia. La frase final condensa ese movimiento con una sencillez desarmante. Tras declarar su incredulidad en Dios, los extraterrestres, los partidos políticos o la democracia, la película encuentra un último lugar donde depositar la esperanza: “Creo en ti. En nuestra moto y en ti”.

También hay algo de esa confianza inscrita en la propia producción. Está hecha con pocos medios, mucha irreverencia y una enorme libertad imaginativa. Se siente construida desde la amistad, desde el placer compartido de filmar y montar, desde una comunidad que encuentra en el cine una forma de estar junta, recordándonos que el cine todavía puede ser un gesto de juego, de riesgo y de afecto.

Quizá esa sea la imagen secreta que sostiene todo. Estamos a alta velocidad. Las imágenes se erosionan. Los relatos se descomponen. El mundo parece cada vez más difícil de interpretar. Y, sin embargo, seguimos aferrándonos a algo. Al manubrio de una moto. A la cintura de quien conduce. A la posibilidad de atravesar juntos la noche.

Ese gesto mínimo posee toda la ternura de una película que encuentra esperanza donde parecía imposible buscarla. Entre fluidos, fantasmas y metal, termina defendiendo una idea tan ingenua como radical: cuando todo lo demás se desmorona, todavía nos queda el amor.

 

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