En el extasiado ensayo de la psicodelia Las puertas de la percepción, Aldous Huxley percibe en la posibilidad de los mundos posibles una naturaleza condenada a padecer y gozar en soledad. Cada una de las sensaciones, sentimientos, intuiciones, imaginaciones y fantasías son siempre reductos privados y, a menudo, incomunicables. Y aunque se pueda imaginar que hay un fondo común de información sobre lo experiencial, lo cierto es que cada grupo humano es una sociedad de ínsulas aisladas. Sin embargo, el primer largometraje de la cineasta Anna Cornudella, encuentra su núcleo en una reflexión opuesta, preguntándose si puede imaginar un tipo de cine al margen del solipsismo humano. Las imágenes rizomáticas de la película están convencidas de que sí; de que la experiencia de las sociedades actuales se puede condensar en el llanto inicial de Erin, un niño perdido por haberse despertado demasiado pronto de su letargo obligado, y en los diálogos que mantendrá su hermana Clara con algunos miembros dispersos de una comunidad que se prepara eternamente para la llegada del invierno.
A partir de ahí, la cinta girará hacia un nuevo modelo vital, rehuyendo cualquier atisbo de secreción melancólica o de denuncia panfletaria. Su preciso sistema sonoro y la quietud de un montaje que no solo deslocaliza premeditadamente a sus personajes, sino que descentra por completo al individuo, harán de este viaje quimérico una poderosa insurrección de la consciencia (o la falta de ella) ecológica. El final dejará una incógnita líquida que insiste en la certeza absoluta de que estos seres no viven en el mejor de los mundos posibles. Pero eso parece no tener ninguna importancia porque, dentro de este sueño frágil, común a todo lo que está vivo, se localiza un estallido amortiguado; huérfano de señales y senderos, pero en el que cada eco enhebra la posibilidad de un futuro infinito.
Felipe Gómez Pinto











