El primer largometraje de Elena Manrique, hasta ahora productora de films como El laberinto del fauno o Celda 211, constituye una pequeña sorpresa, por lo menos para quien firma estas líneas. Una sorpresa relativa –desde el momento en que la película no lleva hasta sus últimas consecuencias un planteamiento original y riguroso– pero también reconfortante, pues demuestra que el cine español industrial podría ser de otra manera, si dejara de lado algunos vicios y convenciones. Aquí se trata de abordar la cuestión de la inmigración, pero en lugar de seguir los caminos más trillados, Manrique prefiere adoptar un enfoque esquinado, oblicuo, y apostar por un estilo indirecto que renuncia a los clichés y a las buenas intenciones habituales para construir, simplemente, otra cosa. Un joven inmigrante africano llegado en patera a las costas andaluzas se oculta en la finca de una señoritinga de buena familia que, contra todo pronóstico, lo acoge y le da alojamiento en una caseta de su jardín. El personaje de la pija –debido en buena parte a la bizarra, atrevida interpretación de Sonia Barba– es lo más fascinante del film: una divorciada millonaria, aficionada al alcohol y con ínfulas progresistas, que no puede dejar de mostrar las contradicciones propias de su clase social. Su relación con el recién llegado, por si fuera poco, saca a la luz su lado más surrealista, y la retrata a la vez como opresora y benefactora, ansiosa por sumarse al mundo que la rodea pero incapaz de hacerlo por herencia y tradición. Carmina podría ser perfectamente una metáfora de España, y es a partir de ella cuando el film de Manrique alcanza sus mejores momentos, aquellos que combinan emoción y agresividad casi a partes iguales.
Pues en la finca de Carmina hay un pavo real, otra metáfora –quizá ya son demasiadas, sí–, ahora tanto de su feroz aislamiento como de su astillada personalidad. Y ese animal, también una representación de la extrañeza y la perplejidad en las que parece sumido el país, se pasea por el relato como si se tratara de un film de Buñuel, una fábula sobre ricos invadidos por extraños que los perturban, algo así, igualmente, como el Teorema de Pasolini pasado por el teatro del absurdo. La claustrofobia y el enfrentamiento entre dos personajes opuestos conforman las mejores virtudes del film, concentrado en ilustrar el tradicional racismo español sustentado en privilegios de clase. Y no hacía falta más que algunos de los diálogos entre ambos, o sus deambulaciones por una casa desierta y un jardín agobiante, para dejar claras las intenciones de la película. Sin embargo, haciendo honor a su título, Fin de fiesta se empeña en buscar un clímax y, desafortunadamente, lo encuentra, primero, en un truco de guion más bien efectista y, segundo, en su última secuencia, la celebración del cumpleaños de Carmina, que supone también la revelación de su secreto. En ese momento, la película de Manrique pierde parte de su fuerza y se hace previsible, un retrato social más bien inofensivo por mil veces visto. Por supuesto, no quedan anulados así los aciertos anteriores, pero sí aminorados, diluidos en el agua turbia de la convención.
Carlos Losilla











