Àngel Quintana

Christopher Honoré ha construido una filmografía marcada por una capacidad singular para desplazarse entre registros, estilos y tonos sin perder una identidad reconocible. Su cine puede pasar de la ligereza sentimental al melodrama, del musical a la intimidad más seca, de la observación naturalista a estallidos casi teatrales. Ahí están ejemplos como Les Chansons d’amour (2007), donde el relato amoroso se transforma inesperadamente en musical, o Vivir deprisa, amar despacio (2018), capaz de combinar sensibilidad romántica y conciencia trágica. Mariage à goût d’orange vuelve a insistir en esa condición mutante de su cineasta. Es una película que parece comenzar como una reunión familiar y termina convertida en una suerte de campo de batalla emocional.

La premisa es sencilla. Una boda en Bretaña, en 1978. Pero Honoré utiliza ese acontecimiento como excusa para hacer una radiografía feroz de una comunidad humana atrapada entre las convenciones y los afectos rotos. Lo que en un principio podría parecer la celebración de una unión acaba revelándose como un inventario de heridas, amores incumplidos, resentimientos enquistados, odios familiares, secretos enterrados y destinos que parecen ya escritos por una fatalidad silenciosa. Hay algo profundamente francés en esa manera de convertir una celebración en un ajuste de cuentas colectivo, pero Honoré rehúye el costumbrismo complaciente. El año 1978 no aparece como una postal de época sino como un momento de tensión social y moral. Los personajes parecen estar suspendidos entre una generación que se resiste a desaparecer y otra que desea escapar de todo aquello que ha heredado.

El gran reto de la película reside en su ambición coral. Honoré reúne un reparto que parece concebido como una selección de lujo del cine francés contemporáneo, convocando intérpretes capaces de sostener emociones extremas y hacer convivir fragilidad y exceso. Nombres como Vincent Lacoste, Adèle Exarchopoulos, Paul Kircher, etc. Todo parece llevado unos grados por encima de la temperatura habitual. En el trabajo con los actores surge una tensión interesante entre el Honoré cineasta y el hombre de teatro. Su puesta en escena busca a veces la fluidez del cine, la observación casual de los cuerpos y los gestos, pero de pronto emerge el director teatral que empuja a los actores hasta un límite casi incómodo. Algunas escenas parecen organizadas alrededor de la palabra y del enfrentamiento físico. Esa coexistencia entre cine y teatro produce momentos de enorme intensidad y también cierta sensación de exceso y desmesura.