El pasado 13 de febrero, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, varios responsables políticos y diplomáticos parecían estar de acuerdo en dar ‘oficialmente’ por muerto el orden internacional que ha servido de base para la política exterior de los países occidentales tras la Guerra Fría. Desde que empezó el año, EE UU, agente esencial en la que sería entonces esta ‘nueva era geopolítica’, atacó Venezuela para sacar del país a su presidente, Nicolás Maduro, y juzgarlo en Nueva York; amenazó con invadir Groenlandia y una de sus principales herramientas de represión, el ICE, ha matado a Renée Good y a Alex Pretti, ha detenido a niños, ha sembrado el pánico y sigue produciendo deportaciones masivas. Asistimos desde casa, atónitos y desconcertados, a la deriva ultraautoritaria y neoimperialista de este ‘nuevo orden’ violento y feroz que se impone de manera atropellada pero implacable. Y lo hacemos, como dice Jordi Balló en las páginas de esta revista, con el único soporte de “las imágenes que nos llegan”… A través de ellas, Balló defiende, “más que nunca”, la interpretación crítica de la imagen “como espacio de confrontación esencial con respecto a la instauración de un poder que cuestiona la libertad de expresión”.
Cuando las películas, por sus particulares ritmos de producción, no ‘llegan a tiempo’ en su lectura del presente más inmediato, se hace indispensable atender a esas otras ‘imágenes que nos llegan’. Se trata, como tantas veces se ha descrito desde el campo de los ‘estudios visuales’, de desplazar la pregunta del ‘qué está pasando’ hacia el ‘cómo está siendo visto, producido y disputado visualmente lo que está pasando’. Y acoger, inmersos en esta cultura visual hipersaturada, viral e inmediata, el análisis crítico de, por ejemplo, las imágenes periodísticas, las que producen ciudadanos anónimos a través de las cámaras de sus teléfonos móviles o aquellas otras que circulan por redes sociales en forma de reels o memes. Su estudio permite profundizar en los mecanismos a través de los cuales las imágenes vuelven a ser hoy el campo de batalla donde se negocian conceptos como la autoridad, la legitimidad o la verdad.
‘EE UU: la guerra de las imágenes’ es el título bajo el que recogemos un conjunto heterogéneo de artículos con los que buscamos abordar esta realidad confusa y compleja. Y comprobamos entonces que lo cinematográfico se cuela en la sala de montaje de los periodistas del The New York Times para desmontar el relato oficial (como señala Balló); pero también en la relectura que las redes ofrecen de secuencias del cine clásico como mecanismo para recordar la Historia (en el análisis de Áurea Ortiz Villeta) o en la puesta en escena de Bad Bunny en el “Espectáculo de medio tiempo del Súper Tazón” como reivindicación festiva de la diversidad cultural (en el texto de Javier Rueda). Comprobamos entonces que el presente político se juega, cada vez más, en la disputa por el encuadre, la circulación y el montaje de ‘las imágenes que nos llegan’…
Pero proponemos aquí el análisis de esas imágenes como mecanismo de resistencia frente a las lógicas autoritarias del poder, también fuera de EE UU. En Gaza, como cada mes desde hace siete, o en Irán, en respuesta a la última masacre con la que se han vuelto a reprimir las protestas. Lo hacemos gracias al poderoso y sobrecogedor testimonio de la cineasta iraní Maryam Harandi, que señala, en primera persona, la instrumentalización y el borrado del dolor de las personas por parte de los discursos (y las imágenes) del poder. Junto a ella escribe Noah Benalal, programadora y crítica de cine, de origen israelí, que analiza el corto de Harandi, La palmera (2024). Ambas se conocieron gracias al paso por festivales de este film que ahora sirve de canal para una conversación abierta. Provenientes cada una de dos países ‘adversarios’ políticos, en sus escritos hablan de “la necesidad del reconocimiento radical del otro” y de “habitar el dolor ajeno” como formas posibles para desactivar la deshumanización con la que se busca abstraer y cosificar a las víctimas de los conflictos políticos.
Jara Yáñez








