Felipe Rodríguez Torres

Relatos sobre poblaciones y comunidades desfavorecidas existen muchos. La mayoría de ellos las atajan a partir de la lucha reivindicativa, caso del Spike Lee de Haz lo que debas (1989) y el John Singleton de Los chicos del barrio (1991), o a partir de sus elementos más controvertidos y sórdidos, como la generacional Kids (1995), de Larry Clark. Joel Alfonso Vargas, en su primer largometraje, prefiere atajar la cuestión relativa al día a día de una familia dominicana en el Bronx contemporáneo, de manera cercana a la de otro memorable trabajo presentado en la sección Punto de Encuentro: The Luminous Life, de João Rosas. A partir del optimismo, sin caer en lo edulcorado, desde una mirada distanciada y empática.

Para ello, Vargas construye un milimétrico relato, seleccionando primorosamente todas y cada una de las secuencias domésticas de la mencionada familia, poniendo el centro de atención en su protagonista masculino, el joven Rico (Juan Collado), al que el cineasta sitúa en una historia de transición de la irresponsable juventud a las vicisitudes de la vida adulta. Pero, al igual que Rosas en The Luminous Life, sin cargar las tintas en ningún momento en el drama de lo precario, algo que tampoco esconde. Porque el sensacionalismo desaparece, prefiriendo apostar por un punto de vista naturalista, donde cada secuencia está estudiada a la perfección, ya sea en la distancia hacia lo observado o en la intimidad que necesita cada escena, dejando que los personajes y su entorno crezcan y se construyan a partir de la regla de un único plano (sin movimientos de cámara) por secuencia. Esto le permite al cineasta abandonar los personalismos de la mayoría de obras cinematográficas, quedándose (aparentemente) a un lado, dejando respirar y ‘vivir’ a sus personajes, entregando uno de los trabajos más honestos, sencillos (que no simples) y humanistas de toda la sección.