Carlos Losilla

En un momento de esta película ciertamente singular, la pantalla se queda por completo en negro durante varios minutos mientras se oyen las voces de dos personajes, un padre y una hija, que continúan hablando, comentando el apagón que ha dejado su casa a oscuras, buscándose el uno al otro… Es un intento de filmar la oscuridad que se convierte también en metáfora del deseo último de Pere Vilà, el director del film: no tanto componer imágenes como disolverlas, no buscar la figuración sino su desfiguración. Pues precisamente eso es lo que le ocurre a la protagonista, una estudiante universitaria víctima de abuso sexual que, a partir del incidente en cuestión, empieza a desaparecer de sí misma, a huir hacia no se sabe muy bien dónde. Los mejores momentos de esta evasión son los que comparte con su padre (Alex Brendemühl, impresionante), con el que vive, y de los que el apagón se erigiría en epicentro: una serie de enfrentamientos a dos bandas que muestra a un par de cuerpos desvalidos y desorientados que no saben muy bien qué hacer, moviéndose por el espacio de la casa familiar como si fueran fantasmas pero también gritándose sin cesar, hipnotizados por un viejo piano pero igualmente a la deriva, de repente abandonados en un lugar que a su vez se empeña en expulsarlos.

Déjenme pensar que ahí está la razón de ser del film de Vilà, que sus tres horas de duración no son más que una expansión de ese núcleo esencial. Incluso que el motivo temático de la presunta violación es también la consecuencia de una ausencia que siempre permanece en off. De ese dolor que se ha desencadenado de repente y que no se explica por una única razón, que tampoco puede hacerse imagen pero que se convierte aun así en el Dolor por antonomasia. A partir de ahí, Cuando un río se convierte en mar jamás quiere rehuir ni minimizar el tema de la violencia machista, al contrario, pero sí explicarlo de otra manera, evitando en todo momento la identificación con el espectador, al que –por al contrario– sitúa en el ojo del huracán. Todo el film es un gran vacío figurativo, filmado en planos largos y lleno de silencios, y precisamente es cuando intenta colmarse que se hace demasiado explicativo y directo. Y ello resulta extraño, pues las escenas con la profesora (Bruna Cusí, como siempre espléndida) que intenta paliar el dolor de la chica son de una gran intensidad por sí mismas (quizá demasiada: la identificación con los motivos de la arqueología y las ruinas resulta algo forzada), pero contradicen el tono del resto del film, tal como hacen también aquellas en las que aparece la madre del presunto agresor (extraordinaria Laia Marull). No es que haya dos películas en una –ese mantra que a veces nos sirve para explicar lo inexplicable– sino que la película quería ser de una manera y, de súbito, se encuentra con otro avatar suyo en el que encuentra lo mejor de sí misma. Siguiendo las metáforas acuáticas que tanto abundan en la sección oficial de esta Seminci, se podría decir que el film mismo es un río que va a dar en el mar, pero que la verdadera plenitud la encuentra en el primero, no en el segundo.