Exposición ‘Mi aporte. Sara Gómez’ en La Virreina, Barcelona (versión ampliada de Caimán CdC nº 200)
La revolución también fue pop
¿Qué se entiende por pop? Si se circunscribe a una época o periodo, resulta más fácil responder a esa pregunta, pues es evidente que los años sesenta y setenta del siglo pasado fueron pop. Se trataba, sin embargo, de una actitud intemporal. Y que mezclaba estética y política, o mejor, que convertía la cuestión estética en un modo de hacer política. De lo contrario, ¿a qué venían aquellos posters del Che Guevara que adornaban habitaciones juveniles en las que podían convivir con Twiggy o Mick Jagger? Que no se me malinterprete, entonces, si digo que salí de la exposición sobre Sara Gómez con un sentimiento pop. No es solo una exposición sobre Gómez, sino también acerca de lo que entendemos por ‘nuevo cine cubano’ de los años sesenta. Pues el cine de Gómez no es únicamente lo que parece. Es también la ratificación –otra– de que no se puede hablar de una nueva manera de hacer política sin inventar nuevas formas de representarla, algo que convendría seguir teniendo en cuenta en la actualidad.
Es significativo, por ejemplo, que en la exposición salga a relucir un libro de Iván de la Nuez titulado Fantasía roja: los intelectuales de izquierda y la revolución cubana (2006). En efecto, muchos pasaron por allí tras la llegada al poder de Fidel Castro. Si hablamos de cine, Chris Marker y Agnès Varda, Joris Ivens y Mijail Kalatozov filmaron películas en Cuba. Era la excitación provocada por una nueva realidad y la pregunta de cómo filmarla. Era, también, una fantasía que pronto se desvaneció. Pero eso ya estaba en el cine de Sara Gómez, en sus cortometrajes documentales y en su único largo. Por mucho que no fuera consciente –véase la entrevista con Marguerite Duras incluida en el folleto de la exposición–, Gómez no se dedicó tanto a hacer un cine de propaganda como a crear imágenes a partir de las contradicciones del proceso revolucionario. En la otra isla (1968) parece un documental sobre Isla de Pinos, donde el régimen instaló ‘granjas’ para reeducar a jóvenes ‘inadaptados’, pero en realidad es un interrogante acerca de cómo ponerlos en escena, así como del lugar que ocupaban en el nuevo orden. Mi aporte (1972) finge erigirse en una crónica del machismo que sobrevive en el entorno social aunque no lo quieran los nuevos responsables políticos, pero su mayor virtud es el modo en que Gómez sabe que no hay una única manera de abordar esa cuestión, que las voces implicadas son múltiples y a veces enfrentadas. ¿Cómo dar a ver ese choque?
Eso se pregunta De cierta manera (1973), su largo póstumo, pues murió al año siguiente. En la exposición ocupa una pantalla más, pues la muestra ofrece la filmografía entera de la cineasta,[1] pero –formatos aparte– es quizá su trabajo más sugerente: más que una culminación, el principio de algo que no pudo ser. Así, no es casual que en la muestra se insista tanto en el contexto. La historiografía oficial ha enaltecido tradicionalmente, al hablar del cine de la revolución, los nombres de Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás o Manuel Octavio Gómez. La proyección de la extraordinaria El parque (Fernando Villaverde, 1963) en otra de las pantallas, sin embargo, testimonia que los juegos con la voz ‘narrativa’ o el borrado de fronteras entre documental y ficción en De cierta manera no eran exclusivos de Gómez, de la misma manera en que otros films la acompañaban en su búsqueda de un lenguaje que, más allá de la influencia europea –Antonioni, Godard, Resnais–, pudiera encontrar una energía propia. Frente a la solemnidad institucional de Lucía (Solás, 1968), se sitúa la desenvoltura sintáctica de Elena (Villaverde, 1964) o El final (Fausto Canel, 1964), al tiempo que los logros de Memorias del subdesarrollo (Alea, 1968) ya están apuntados en Desarraigo (Canel, 1965). Mientras el cine oficialista empezaba a encerrarse en sí mismo, surgía un cine novísimo de cuerpos jóvenes que buscaban formas jóvenes, de dudas políticas que se topaban con dudas retóricas, como sucede en los films de Gómez. Y ahí se hacía visible la alegría de experimentar: esta exposición también demuestra que quizá eso que llamamos ‘cine moderno’ de los 60-70 bien pudiera ser igual un ‘cine pop’.
[1] Véase el número 177 de esta revista, donde ya se habló del cine de Sara Gómez.
Carlos Losilla








