Carlos Losilla
Lo verdaderamente significativo de Cartas del Estado (Yellow Letters) se encuentra, agazapado, en su exterior, hasta el punto de que nos vemos obligados a ‘imaginarlo’, por lo menos en parte. ‘Berlín hace de Ankara’ y ‘Hamburgo hace de Estambul’ rezan sendos carteles que encabezan las dos primeras partes del film, refiriéndose al modo en que la película habla de un país, Turquía, que no puede aparecer en la pantalla. Y no puede porque sufre el mismo problema que los protagonistas: ha sido ’cancelado’ por un régimen totalitario y represor. El autor teatral y la actriz que encabezan el elenco de personajes, sentimentalmente relacionados y con una hija adolescente, deben mudarse a la casa de la madre de él y cambiar de vida cuando a él lo despiden de la universidad y censuran su obra, que se representa en un teatro de Ankara y protagoniza precisamente su pareja. A partir de ahí, Ílker Çatak teje una trama, mucho más superficial de lo que parece, que quiere hablar igualmente de los lazos familiares y sus vínculos con la tradición, todo para demostrar que los padres pueden llegar a actuar como el Estado turco mientras creen limitarse a salvaguardar la moralidad de su hija. ¿Hasta qué punto somos capaces de luchar contra el poder sin adoptar sus métodos, algo que a su vez puede conducir a la desintegración identitaria?
Supuestamente, Çatak oculta estos matices, que nunca llega a desarrollar, en la obra de teatro que el protagonista escribe en su exilio en Estambul y llega finalmente a representar, es decir, los sitúa de nuevo en un exterior que se revela poco a poco como un territorio más fructífero que el propio film. Como en Sala de profesores (2023), su película previa, la metáfora llega a confundirse con la propia materia narrativa, quiere hacerse una con ella inventando nuevas formas, a la vez explícitas y sugerentes. También como en aquella película, no obstante, no le interesa tanto esa estrategia en sí misma –que aquí habría venido favorecida por el recurso al teatro– como crear continuamente tramas y subtramas en las que implicar a sus personajes. El exterior, por lo tanto, deja de ser tal para pasar a formar parte de las imágenes, con lo que pierde su capacidad de sugerencia. Siguiendo con la coherencia de esta sección oficial vallisoletana, a pesar de todo, si I Rareky Wake Up Dreaming intentaba encontrar un nuevo lenguaje para retratar a la familia que nace renovada en medio del caos contemporáneo, We Are All Strangers la situaba narrativamente en el centro del torbellino estético consiguiente y Hermanas intentaba hurgar en el interior de esos viejos mecanismos, Cartas del Estado se pregunta hasta qué punto es posible hacer borrón y cuenta nueva, salir de todo eso y mirarlo desde fuera.








