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Un Honda eléctrico ensillado con un cubreasientos de bolas ochentero cabalga por el altiplano granadino. Al mando se halla Mari —becaria, en edad próxima a la jubilación, recién titulada en Geología— que, con ánimo de preservar la memoria arquitectónica tradicional, cataloga y traspone al mundo virtual las ruinas de los cortijos locales. A este personaje se suman otros dos: los pastores José y Jonás. En ese orden, cada uno de ellos posee vínculos simbólicos con las fuerzas de la naturaleza: tierra, fuego y agua. Con estos elementos, Jaime Puertas propone en Historia de pastores un encuentro entre lo ancestral y lo futuro, entre lo telúrico y lo virtual, que explora la relación del humano con el territorio y con el entorno natural. El director invoca al John Ford de Centauros del desierto (1956) cuando la protagonista cruza el umbral de una puerta abierta a lo desértico; y, al mismo tiempo, al Christopher Nolan de Interstellar (2014), mientras el mismo personaje conduce tras un dron a lo largo de una calzada agreste. Esta hibridación se traslada a la esfera musical, donde se conjuga la tecno-rumba de Camela con el onírico viento de la compositora Lu Wang, cuya melodía funciona como leitmotiv.

El largometraje está impregnado del ritmo —y del espacio— geológico: mediante el uso de planos largos y fijos, mediante una cámara observante que no persigue, sino que aguarda, paciente, la entrada del personaje en el cuadro. Lo hace, a menudo, desde el interior de los cortijos, a contraluz. Como si quisiera manifestar que los espacios preexisten, con sus historias, a aquellas mujeres y aquellos hombres que, como otros antes que ellos, llegan para narrar los misterios cíclicos que preservan sus muros. Como leyendas vivas pero hibernantes que esperan ser transmitidas. Esta presencia reposada se trasluce a través de la gama cromática del film que, con particular referencia a Mari —la geóloga, la guía, la ‘tierra’—, se encarga de integrar armónicamente las figuras como parte de un paisaje que participa en el relato.

Jaime Puertas reflexiona sobre la irrupción de lo virtual —digitalizado, intangible, incompleto— como nuevo espacio de almacenamiento para las leyendas y, tal vez, como la nueva forma que adquiere el gran pez que, en el ámbito bíblico, albergó a Jonás en su interior. Pero también, en un juego de transferencias, como un potencial causante de daño, capaz de proferir las mismas heridas que el fuego y de tragarse cuanto se localice a su alrededor. María Barros Pérez 

 

En los cortijos de La Loma, Los Tórnalos, Los Patiños de arriba y el cortijico, y en las localidades de Puebla de Don Fabrique, Orce y Huéscar, Granada, tuvo lugar, a finales de 2021, el rodaje de Historia de pastores”. Esta cartela irrumpe para inaugurar los créditos finales de la película de Jaime Puertas Castillo casi como una corrección, o un desdoblamiento, de la cartela con la que abre el film, contextualizando la acción: “Altiplano de Granada, año 2027″. Dos tiempos, el presente del rodaje y el futuro de la ficción, se relacionan a lo largo de una película que mira a un pasado evocado a través de la fabulación (esos cortijos, que enunciados, se invocan). Aquí la decisión del formato analógico cobra fuerza como herramienta para filmar el instante presente. La cámara Bolex cede el encuadre a los habitantes de la Puebla (Mari, Virtudes, Jonás…), a sus paisajes, a sus ovejas. Lo rodado encuentra su valor como un registro, como algo que da fe de la existencia de la realidad. Lo fantástico se evoca en la película a través del sonido, ya sea a través de la música (concebida como un mantra, que se repite una y otra vez sin variación) o del verbo, como en la historia que cuenta Jonás acerca del cortijo de Viana. En esa secuencia, rodada en el patio de la casa de Virtudes, la luz poco a poco se desvanece. Si el primer acercamiento al cortijo es velado, Puertas encuentra a lo largo de la película otra manera de representarlo: la fotogrametría. Mari, la estudiante de geología en prácticas, recorre el altiplano en busca de lugares que escanear para generar entornos 3D a partir de ellos, en una suerte de ejercicio de preservación. En estos modelados 3D de los cortijos la película encuentra una forma de eludir el presente, de generar otra temporalidad ajena al presente del fotoquímico. Los paisajes se desdibujan y se vuelven liminales. A medio camino entre el presente y el futuro, entre el sueño y la vigilia, el digital y el analógico, Historia de pastores encuentra en este juego de mestizaje formal un camino hacia el fantástico que no deja de lado la naturaleza documental de las imágenes, consiguiendo igualar aquel 2021 del rodaje con el 2027 evocado en su narración. Nicolás Martín Ruiz