Carlos Losilla
Oso de Plata en el Festival de Berlín a la Mejor Dirección, la segunda película de Hou Meng podría haber sido perfectamente una gran saga familiar e histórica contada en clave de gran espectáculo. Estamos en los inicios de los años 90 del siglo pasado, cuando China está empezando una de sus peculiares fases de reconversión a la economía capitalista, y nos asomamos a la vida cotidiana en un pueblo del norte del país, durante un año entero, siguiendo el ritmo de las estaciones. Sin embargo, en contra de lo que podría pensarse, el film rehúye todo acento épico, e incluso lírico, y se dedica a observar una trama sin trama, una sucesión de momentos ni siquiera privilegiados que siguen especialmente a las mujeres y los niños. Vivir la tierra es una película sobre la relación de los cuerpos con la naturaleza, sobre un mundo que desaparece y otro que emerge lentamente, pero nunca vemos más que figuras en movimiento, de un lado a otro, entregándose a las labores del campo y a relacionarse con sus familiares y vecinos, en lo que no es únicamente una visión sociopolítica de la época, sino sobre todo un estudio en torno a la deriva de toda una comunidad, de universo en pleno proceso de disolución.
Y para ello, Hou Meng utiliza una estrategia ciertamente singular: la cámara se mueve casi siempre, muy lentamente, en sentido horizontal, sin seguir en sentido estricto a los personajes, como si se dedicara a efectuar barridos al azar, por supuesto filmando sus acciones pero sin detenerse en ellas ni mucho menos describirlas. Esta decisión, además, provoca un curioso efecto: la creación de una especie de muro invisible entre la mirada del espectador y la pantalla, un espacio intermedio al que tampoco se puede calificar de ‘distanciamiento’, sino que termina provocando algo así como un estado de flotación, de suspensión, que a su vez caracteriza el universo filmado más como efecto onírico o de la memoria que realidad filmada como tal. Vivir la tierra deja claro de este modo que sus imágenes proceden del inconsciente de su autor, que se ha inspirado en su propia infancia para esbozar lo que ‘cuenta’ el film. Lo que vemos son fantasmas de otro tiempo, figuras espectrales que se agitan más allá de ese vacío que Hou Meng ha interpuesto entre nosotros y ellas. Quizá por eso, la película va perdiendo intensidad a medida que se precipita hacia una parte final más concreta y se pone a contar episodios que se quieren de cierre, para dejar claro que estamos ante el final de una forma de vida. Quizá por eso, se puede decir que Vivir la tierra empieza como un sueño y termina como uno de esos ‘grandes relatos’ cuya estética y estructura pretendía impugnar.











