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FESTIVAL DE VENECIA, TERCERA CRÓNICA, POR JAIME PENA

6 septiembre, 2013

 

FESTIVAL DE VENECIA.

¿La muerte de Venecia?

Jaime Pena.

En el corto (¿se le puede llamar así a una película de 97 segundos?) con el que Jean-Marie Straub contribuye al proyecto colectivo Venezia 70 Future Reloaded, un plano único con un collage de textos, se puede ver un fragmento de una página de La mort de Venise de Maurice Barrés. Aunque en el catálogo la película de Straub figura como “sin título”, en un primer momento pensé que el verdadero era ese de La mort de Venise que se antojaba premonitorio a la luz de una selección que se diría refractaria a las sorpresas y el riesgo.

¿Dicho y hecho? No exactamente. Al concluir el festival, o cuando este comienza a bajar el telón, la sensación que nos deja esta edición número 70 de la Mostra veneciana es un tanto contradictoria. El juicio final ha de ser necesariamente negativo, sin que eso impida el reconocimiento de que el festival ha presentado cerca de una decena de grandes películas, entre las mejores de año. Y un festival con ocho y diez buenas o grandes películas ha de ser a todas luces un gran festival. Lo sería si tras esas grandes películas no se abriese un enorme vacío en el que hay muy poco que destacar. Si digo lo de “necesariamente” es porque lo mínimo que se puede esperar de Venecia es que nos encontremos con algunas de las mejores películas del año. Venecia, como Cannes, apenas necesita buscar películas. Estas acuden al festival y si Tsai Ming Liang, Philippe Garrel, Errol Morris, Frederick Wiseman o Kelly Reichardt tienen nueva película, no seleccionarlas entraría ya en el terreno de lo delictivo.

Ahí es donde cabe la crítica y el juicio negativo, en una selección incomprensible en su sección a concurso, fundamentalmente porque dejó fuera de concurso algunos de los mejores títulos (e incluso algunos de los más atractivos de cara al público: anticipo que no me refiero solo a la película de Wang Bing). Y la diferencia entre esta sección y Orizzonti tampoco estaba del todo clara. Entre las películas vistas estos últimos días, dice muy poco de los programadores de Venecia haber optado por títulos como L’intrepido, de Gianni Amelio (bien, forma parte de la cuota italiana y, vamos a concederles el beneficio de la duda, quizás no había otra cosa) o Les Terrasses, de Merzak Allouache, en perjuicio de la película de Edgar Reitz, por citar una de mis favoritas, o de la británica Locke, una de las pocas sorpresas verdaderas de esta Mostra. Dirigida por Steven Knight, Locke presenta al personaje del título conduciendo un coche durante la hora y media de la película en un viaje que va desde Birmingham hasta Londres. Locke, un jefe de obra de una gran constructora, lo ha dejado todo atrás, su trabajo, puede que también su familia, para atender el nacimiento del hijo que va a tener con otra mujer, simplemente por pura responsabilidad, pues a esa mujer apenas la conoce. Toda la trama se desarrolla a través de incesantes llamadas telefónicas (a esa mujer, a su esposa, a su colegas del trabajo a los que ha dejado colgados) y, el aspecto más discutible de toda la película, una serie de monólogos con el padre que lo abandonó a él y su madre en su momento, monólogos, está claro, demasiado claro, con los que se pretende justificar su comportamiento actual. Fuera de esto, Locke se disfruta especialmente por sus texturas, por la creación de un universo de luces (los coches, la autopista) que se reflejan en el parabrisas y ventanillas del coche que conduce el protagonista y único actor en pantalla (del resto de actores solo escucharemos sus voces). Una de las favoritas indiscutibles del público veneciano, Locke podría haber contribuido a mejorar el nivel de la competición oficial.

Fuera de concurso se encontraba también una película muy distinta, ‘Til Madness Do Us Part, el nuevo documental de Wang Bing y la propuesta más radical e incómoda de toda la Mostra. Durante casi cuatro horas Wang nos encierra, literalmente, en un psiquiátrico para convivir con los internos, muchos de los cuales llevan allí años, puede que hasta veinte, abandonados por sus familias y bajo tutela estatal, sin que muchas veces se llegue a saber qué los ha llevado a esa situación. Entre sus habitaciones y la galería que las comunica y que da a un patio central se desarrolla toda la película, con un único momento de respiro, diez minutos en los que la cámara de Wang acompaña a uno de los internos a visitar a su familia. Para entonces han transcurrido ya tres horas de película y nos hemos acostumbrado (es un decir) a las largas tomas de Wang, a ver cómo los internos se levantan de sus camas y mean en cualquier parte. Lo que vemos puede estar en los límites de lo soportable; el olor tiene que ser terrible. Uno de los momentos más brillantes de la película es cuando Wang Bing emprende una carrera persiguiendo con su cámara a uno de los internos que acostumbra a correr alrededor de la galería. Ahora mismo no recuerdo cuántas vueltas dan.

Las pocas películas que pude ver de Orizzonti ofrecían un nivel medio muy superior al de la oficial, pero quizás se trata solo de un espejismo, ya que puede ver solo una pequeña parte. Si hay algo que resulta irreprochable en el nuevo modelo de festival impuesto por la dirección artística de Alberto Barbera eso es la sección Venezia Classici, dedicada a la recuperación de clásicos restaurados (y no tan clásicos: películas de hace poco más de una década, por ejemplo). Muy superior a Cannes Classics en su selección, apoyada fundamentalmente en restauraciones de filmotecas de todo el mundo y no tanto en nuevos lanzamientos en vídeo o reposiciones y, sobre todo, con títulos no tan obvios, Venezia Classici gozaba este año de la prerrogativa de una sala exclusiva. La atención a esta sección, una apuesta muy segura que compensaba los sinsabores de la competición, me privó de concederle la necesaria atención a Orizzonti. Aún así me gustaría destacar algunos títulos como la argentina Algunas chicas, de Santiago Palavecino, un ejercicio fantástico a lo Tourneur que privilegia el poder de sugerencia sobre la claridad narrativa, el debut de Gia Coppola, ya la tercera generación de la familia, adaptando a James Franco en Palo Alto, un Larry Clark sin su audacia pero que resulta muy superior al Franco adaptando a Cormac McCarthy de Child of Gold de la competencia. Merecerían también una mención la australiana rodada en Camboya Ruin, de Michael Cody y Amiel Courtin-Wilson, o The Sacrament, con la que Ti West abandona el terror para reconstruir, al modo de los falsos documentales y con pocos visos de verosimilitud, aunque esto poco importa dada la agilidad narrativa de la película, la historia de una secta religiosa que promueve un suicidio colectivo. Como parábola es muy superior a la griega Miss Violence del concurso.

Como sea, los últimos días de la competición mejoraron bastante el panorama desolador de los primeros días en los que apenas se pudieron destacar las películas de Kelly Reichardt y Hayao Miyazaki. Recibida con mucha frialdad, habría que volver a Under The Skin para juzgarla con propiedad. Este ejercicio de estilo de Jonathan Glazer nos presenta a un alienígena que adopta una forma humana (Scarlett Johansson), simplemente para ponerlo a conducir (he aquí quizás la razón de la exclusión de Locke de la oficial) por Escocia seduciendo a hombres solitarios a los que acaba matando. Una película con la que Glazer dice proponer una visión del mundo a través de los ojos de un alienígena (como si los cineastas no hubiesen tenido siempre algo de seres de otro planeta).Tampoco se debe menospreciar una película como Sacro GRA, la tercera película italiana a concurso y la única digna de figurar ahí. Gianfranco Rosi retrata a una serie de personajes que viven en el entorno de la gran autopista de circunvalación de Roma (la GRA). Algunas historias funcionan mejor que otras, esto es, no todos los personajes tienen el mismo interés y, como suele suceder en este tipo de documentales, el casting obedece antes a su condición estrafalaria que a su representatividad. Y el espacio físico parece une mera disculpa. El sicario. Room 164, la película anterior de Rosi, tenía mayor interés.

Sacro GRA era el segundo documental a concurso acompañando a The Unknown Known, de Errol Morris, una circunstancia inédita en la Mostra y no muy habitual en los grandes festivales. Como sucediera con Robert S. McNamara en The Fog of War, Morris somete a su interrotron a otro secretario de defensa norteamericano, este mucho más reciente, Donald Rumsfeld. El objetivo de Morris no es otro que desmontar la dialéctica de Rumsfeld, los juegos de palabras que lo hicieron famoso y bajo los que muchas veces no se ocultaban más que frases sin sentido y profundas contradicciones. Y a fe que lo consigue. A lo largo de sus casi cincuenta años en política Rumsfeld dejó decenas de miles de memorandos en los que desgranaba sus reflexiones personales, muchas veces meras conjeturas semánticas, de las cuales, como Morris demuestra, ni él mismo tiene muy claro su sentido último. Las películas de Morris y Rosi fueron la punta del iceberg del gran contingente de documentales que se pudo ver en la Mostra, la noticia más feliz de esta edición.

Junto a ellos es preciso destacar las dos mejores películas de la competición, vistas los últimos días cuando buena parte de la prensa y la industria había abandonado Venecia camino de Toronto. Se trata también de los títulos más exigentes y quizás por eso estaban un tanto escondidos en las fechas finales del festival. Aún así el jurado presidido por Bernardo Bertolucci debería tenerlos en cuenta. La jalousie es el Garrel más asequible que puedo recordar, una historia inspirada en la vida de su padre, Maurice, concebida como una película familiar (ahí están también sus hijos Louis y Esther).Y también se trata de uno de los Garrel más emocionantes y bellos, una película que parece una declaración de amor de Garrel a todo su entorno familiar, como si este reconocimiento solo lo pudiese expresar a través del cine. En una escena de la película, un viejo profesor le reprocha al personaje de Louis, un actor teatral de escaso éxito, que entiende mejor a los personajes de ficción que interpreta que a los seres queridos que le rodean. Quizás ocurra lo mismo con Philippe Garrel y esa sea razón de que tan pocos cineastas sean capaces de expresar los sentimientos humanos con la viveza, naturalidad y emoción que transmiten sus películas. Esa viveza Garrel se la ha robado a los suyos y se la ha regalado a sus personajes. El más fascinante de La jalousie es el de Claudia (Anna Mouglalis). En una conversación con una amiga esta le cuenta que su pareja la abandonó de repente y le dijo que se tomaría un tiempo, dos años, para pensarse su relación. Claudia se levanta casi sin mediar palabra y sale corriendo hasta su casa. Allí llega sin aliento solo para comprobar que Louis (Garrel) está allí y no se ha ido. La jalousie podría haberse titulado La paura.

Si hubiese que buscar una imagen con la que cerrar esta edición de Venecia esa sería la del final de Stray Dogs, una de las mejores películas de Tsai Ming Liang y, como la de Garrel, una historia familiar (Lee Kang Sheng, sus actrices habituales, los sobrinos de Lee) sobre niños abandonados y el miedo a la soledad. Con una serie de planos en su mayoría estáticos (en total la película se compone de unos 75 planos) que se prolongan en el tiempo y una trama mínima, Stray Dogs representa la esencia más pura del cine de Tsai, Antonioni traspasado a Taiwan. Todo conduce a un final que debe de contarse ya entre los grandes finales de la historia del cine: dos planos de 14 y 7 minutos de duración, respectivamente. Simplemente con dos personajes que miran, en un principio no se sabe muy bien donde, una lágrima que cae y un escenario desolado, una “casa enferma”. Es como el final de El eclipse con algo de Goodbye, Dragon Inn y, también, del final de Vive l’amour, película que, me gustaría recoradr, se alzó con el León de Oro en 1994.

 

Top 10

(sin título) (Venezia 70 Future Reloaded), Jean Marie Straub

Redemption, Miguel Gomes

Stray Dogs, Tsai Ming Liang

La jalousie, Philippe Garrel

The Unknown Known, Errol Morris

At Berkeley, Frederick Wiseman

Home From Home – Chronicle of a Vision, Edgar Reitz

Night Moves, Kelly Reichardt

Til Madness Do Us Part, Wang Bing

The Wind Rises, Hayao Miyazaki

+ Noticiarios históricos Luce sobre la historia de la Mostra, selección de Nathalie Giacobino

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