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FESTIVAL DE VENECIA, SEGUNDA CRÓNICA, POR JAIME PENA

4 septiembre, 2013

 

FESTIVAL DE VENECIA.

Utopías y ucronías.

Jaime Pena.

 

En un mundo ideal un festival no programaría en su sección oficial competitiva películas como Philomena (Stephen Frears), Child of God (James Franco), Parkland (Peter Landesman), The Zero Theorem (Terry Gilliam), Tom à la ferme (Xavier Dolan), no digamos ya Miss Violence (Alexandros Avranas), una película que saquea sin reparo alguno el universo Lanthinos, como si ahí hubiese algo que saquear. ¿Puede un festival como Venecia proponernos imitaciones tardías de lo que se ha visto, por ejemplo, en Cannes? Muchas de estas películas tendrían perfecta cabida en secciones fuera de concurso (Frears, Gilliam) o en las paralelas (Franco, Dolan, siendo compasivos). Que conste que una película como Parkland me parece una producción tan modesta como estimable. Su ambición es la de un telefilm (y su duración menor: noventa minutos), pero algo hay que reconocerle a una película sobre el asesinato de Kennedy que reserva su final para el entierro de Lee H. Oswald. Por todas esas razones la oficial parece que le queda grande y no le hace ningún favor: la decepción fue mayúscula, como si la prensa y el público sintiese que se le estaba dando gato por liebre. De Venecia se espera algo más.

Tampoco son películas plenamente logradas Joe (David Gordon Green) o Ana Arabia (Amos Gitai), pero tienen otra entidad, lo mismo que la alemana The Police Officer’s Wife (Philip Gröning), vista los primeros días y que, esta sí, se ha convertido en una de las favoritas de la crítica. A la película de Green le perjudica el enorme peso del personaje que interpreta Nicolas Cage y un guión que pone en escena demasiados conflictos que luego Green se empeña en resolver. Todo lo que tiene Joe de vuelta a los territorios de su primer cine independiente, como si se tratase de la sucesora de Snow Angels, se pierde por la necesidad que siente Green de que su película sea plenamente comprensible. Ana Arabia comparte con la de Gröning un punto de partida puramente conceptual, un dispositivo al que luego han de adaptarse historia y personajes. En el caso de Gitai se trata de un plano secuencia de ochenta minutos que recoge la visita que una periodista realiza a una familia de Jaffa, una familia formada por un hombre árabe y una mujer judía nacida en Auschwitz. Gitai filma las conversaciones, los tiempos muertos, para finalmente elevar su cámara a las alturas y mostrar este pequeño oasis de tolerancia justo en los suburbios de Tel-Aviv. En el fondo un mero ejercicio de estilo que se diría un boceto para un proyecto de mayor entidad.

Si atendemos a las puntuaciones de la crítica que se publican en distintos diarios, el León de Oro tiene este año un claro favorito: Philomena. Para ciertos críticos es una obra maestra o lo más parecido a tal cosa. Seguramente es lo que se merecería Venecia y la incomprensible deriva de un festival que solo acierta con los sospechosos habituales (Reitz, Miyazaki, Reichardt, Gomes, Wiseman, imagino que también los que aún no han llegado, Morris, Garrel, Tsai o Wang Bing), pero que por lo demás se demuestra incapaz de proponer nuevos nombres de verdadero peso. Por esa razón un premio a la película de Frears tendría algo de castigo divino. Lo cierto es que en otra sección o en un estreno comercial Philomena se aceptaría como el producto facilón que es, un crowdpleaser que combina drama (el robo de niños en un convento irlandés, el sida y la homosexualidad oculta de un político republicano norteamericano) con la comedia, el registro en el que mejor se mueve el coprotagonista y productor, Steve Coogan. Este cóctel de risas y lágrimas fáciles, como si se tratase de una astuta mezcla entre Paseando a Miss Daisy, Desaparecido y Las hermanas de la Magdalena, está servido en bandeja para el lucimiento de Judi Dench. Puede ganar el León de Oro y varios Oscars.

En un mundo ideal los premios recaerían en películas como The Wind Rises (Hayao Miyazaki) o Night Moves (Kelly Reichardt), hasta el momento las mejores películas de la competición, con mucha diferencia. La de Reichardt, escrita de nuevo en colaboración con Jon Raymond, es al thriller lo que Meek’s Cutoff al western: comparten escenarios, peripecias y personajes, pero prescinden de los mecanismos narrativos del género. En el caso de Night Moves se trata de la historia de tres activistas medioambientales que toman la decisión de atentar contra un pantano, propiedad de una empresa hidroeléctrica a la que quieren atacar. La preparación del atentado (o este mismo, sugerido por una simple explosión en off) diluye la tensión narrativa y privilegia el retrato psicológico de estos buenos terroristas, lo que se acentuará en la segunda parte de la película, cuando los personajes se ven golpeados por un suceso imprevisto. The Wind Rises es la culminación del interés que Miyazaki siempre ha sentido por la aviación. No sé si también el punto y final de su carrera, tal y como ha anunciado coincidiendo con la presentación de la película en Venecia (estas noticias hay que tomárselas siempre con escepticismo). Como fuere, The Wind Rises es la película más “realista” de su carrera, una biografía del ingeniero aeronáutico Jiro Horikoshi y un retrato del Japón de entreguerras que avanza en dos direcciones. Por un lado, el propiamente biográfico, que atiende a la carrera de Jiro, impulsada por el desarrollo armamentístico de su país y su alianza con la Alemania nazi. Por otro, su relación con la joven Nahoko, enferma de tuberculosis y con la que se casará. La película se cierra con el triunfo profesional de Jiro (el diseño de los cazas Zero de la Segunda Guerra Mundial), justo antes de que suceda el ataque de Pearl Harbour (como si Miyazaki temiera enfangarse), momento que coincide también con la muerte de su esposa. De ser cierta esa retirada del cine, este doble final podría verse como un triunfo profesional, pero también como un réquiem por uno de los cineastas más profundamente líricos de los últimos tiempos.

Desde otras secciones llegan noticias más esperanzadoras, en especial con algunos de los documentales presentados fuera de concurso (los habrá también a concurso). Redemption, un cortometraje de Miguel Gomes realizado por encargo de Le Fresnoy, es la película más indiscutible vista hasta el momento en Venecia (solo se le podría comparar la contribución de noventa segundos de Jean-Marie Straub al proyecto colectivo Venezia 70 Future Reloaded). Si se me permite la expresión, también la más “necesaria” hoy en día en esta Europa que nos ha tocado vivir. Recurriendo a imágenes de archivo y a unos bellos textos epistolares, Gomes ajusta cuentas con algunos de los líderes de la derecha europea, empezando por el primer ministro de su propio país, Pasos Coelho, y siguiendo por Berlusconi, Sarkozy (voz de Jean-Pierre Rehm) y Merkel (voz de Maren Ade). Se echa de menos a Rajoy, algo de lo que el propio Gomes es muy consciente. Prometió remediarlo.

At Berkeley, del gran Frederick Wiseman, dura 220 minutos más que Redemption, pero comparte posicionamiento político. Como podría esperarse, estamos ante otro de los retratos de Wiseman de una de las grandes instituciones norteamericanas, la Universidad de California en Berkeley. Pero lo que llevó al autor de High School a acercarse a la mayor universidad pública de Estados Unidos fueron las dificultades económicas que estaba atravesando. Aún siendo una institución privilegiada con un presupuesto de 1.900 millones de dólares, la aportación pública se ha ido reduciendo año tras año, pasando de los casi quinientos millones del año 2000 a los poco más de trescientos de 2010, año del rodaje. El aumento de las matrículas o la mercantilización de las investigaciones han sido la solución para no renunciar a esa búsqueda de la excelencia que constituye una de las señas de identidad de esta universidad fundada en 1868. At Berkeley es, en respuesta a esta situación, un alegato a favor de la educación pública y gratuita. Al finalizar la proyección, durante el coloquio, una periodista británica se dirigió a Wiseman para felicitarlo y decirle que su película debería ser de visión obligatoria para el ministro de educación del Reino Unido. Sí, del Reino Unido y de todos los países europeos, comenzando por el ínclito Sr. Wert.

A otro nivel, tiene también interés The Armsrong Lie, película sobre el ciclista Lance Armstrong con la que Alex Gibney entona un mea culpa. En 2008 fue contratado por el propio Armstrong para documentar su vuelta a las carreras y su reaparición en el Tour de Francia de 2009. Durante el proceso de montaje se reavivaron las denuncias sobre dopaje contra Armstrong y el proyecto quedó aparcado… hasta este mismo año, cuando, tras ser condenado por la agencia antidopaje de Estados Unidos, Armstrong reconoció públicamente que se había dopado. De aquí surge un nuevo documental en el que el propio Gibney, además de tener la oportunidad de entrevistar de nuevo a Armstrong, ahora con otro fin menos hagiográfico, analiza aquellas imágenes filmadas en 2009, unas imágenes que a la luz de las nuevas revelaciones tienen ya un sentido totalmente contrario al de su concepción original.

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