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Fieles a su estilo y sus temas, es posible localizar en De Humani corporis fabrica prácticamente todo el universo creativo de Paravel y Castaing-Taylor. Porque, el que es ya el cuarto film conjunto de estos dos investigadores del Sensory Ethnography Laboratory de Harvard (después de Leviathan, de 2012 o Caniba, de 2017), contiene la preocupación por el estudio del ser humano en relación con su entorno, el gusto por buscar puntos de vista ‘inéditos’, el juego entre el documental y el videoarte, la presencia violenta de la carne… Pero contiene también ese gusto por buscar el impacto a través del horror, el intento por epatar y provocar, por ofrecer esa imagen ‘única’ a la que se presupone además una lectura trascendente… Contiene, en definitiva, esa excesividad y ese regodeo de moralidad dudosa.

De Humani corporis fabrica no sale de las paredes de un hospital para alternar imágenes del ‘fuera’: los pasillos y algunas salas, con el ‘dentro’: el interior del cuerpo humano tal y como se registra a través de las cámaras que forman parte del instrumental médico. Y resulta muy interesante pensar en el modo en el que la película establece el paralelismo entre los pasillos o algunas tuberías del hospital y el interior, por ejemplo, de un intestino delgado en una intervención quirúrgica. O la capacidad de sugestión que ofrecen las imágenes abstractas (como si de un action paiting se tratara) de las células cancerosas reflejadas en una prueba médica que, a su vez, bien podrían ser las estrellas de una galaxia (lo micro y lo macro). O incluso resulta atractivo especular sobre el transhumanismo a través de la secuencia de la operación de una columna vertebral. Por no hablar de la reflexión sobre la vulnerabilidad humana o también nuestra insignificancia, que se refleja en la secuencia del tanatorio, para reafirmar después esa idea vitalista (ya tópica), de aprovechar cada día como si fuera el último que, por si no queda clara, se subraya a través del tema de Glorya Gaynor, I will survive, en la fiesta que cierra el film. Pero es precisamente ese subrayado, que se produce en forma de morbo y efectismo excesivo, el que genera las dudas sobre la posición del film con respecto a las situaciones y las personas que retrata. Un morbo que se hace casi más evidente aún cuando la cámara se sitúa fuera del interior del cuerpo humano y decide centrarse, por ejemplo, en uno de los enfermos de la sección de psiquiatría. El cartel de la película promete ver el cuerpo humano como nunca se ha visto antes pero, ¿a qué precio?

Jara Yáñez