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Carlos F. Heredero.

Jean-Luc Godard levanta acta de la Historia del siglo XX y de la Historia entera del cine en sus imprescindibles Histoire(s) du cinéma. Por activa o por pasiva, por compromiso o por escapismo, “las imágenes del siglo XX conservan una memoria cargada de emoción, de adhesión, y también una contra-memoria tejida de tabúes y de olvidos”, decía François Furet en su reflexión sobre la summa godardiana. Pretendía con ello advertir sobre el riesgo de sucumbir a la seducción de las grandes “ilusiones del siglo”: el fascismo, el comunismo…, también el cine en su inagotable capacidad de generar ilusiones, en su formidable fuerza movilizadora de sueños. Las imágenes del cine, nos decía el historiador, “nos ofrecen el placer y la posibilidad, acaso una vez más, de comprender y de rehacer la Historia de este siglo”, pero también “parecen hacer perdurar las ilusiones de la Historia incluso más allá de su vida real en el siglo”.

Cabe recordar aquí y ahora aquellas reflexiones cuando nos enfrentamos a una encrucijada histórico-política, pero también cinematográfico-audiovisual, en la que las imágenes ya no se limitan al “registro y revelación de la realidad física” (Arnaud Macé), ni se conforman tampoco con “hacer perdurar las ilusiones de la Historia”. Quizás en ningún otro momento del relato histórico (puesto que de relato se trata) hemos asistido, con tanta intensidad y de manera tan promiscua, a una catarata de imágenes y contra-imágenes empeñadas en dar testimonio de la Historia. Ahora que ésta se acelera más que nunca (en lugar de disolverse, como querían todavía no hace mucho los proveedores de ideología seducidos por Fukuyama), las imágenes del cine y del audiovisual abandonan ya toda pretensión de totalidad para ofrecerse como tales imágenes y, por tanto, como escritura y como representación.

Frente al caos y el desconcierto generados por una guerra sobre la que ni siquiera existe consenso para calificarla como tal, las imágenes se amontonan y se superponen, se interpelan unas a otras, se rehacen en tiempo casi real para subvertir su sentido original, se multiplican y se mimetizan en medio de una carrera alocada por dar cuenta de una realidad histórica que ellas mismas modifican de manera incesante. Ni siquiera el cine de Hollywood, acaso la fuente de imágenes más identificada con el ancien régime, puede abstraerse de semejante pulsión, y ahí está el fake multimediático de Redacted (colocado, no por casualidad, en el epicentro de nuestro “Gran Angular”) para mostrar hasta qué punto los “corruptos medios corporativos” de los que habla Brian de Palma deben enfrentarse a la contra-información que inunda los canales paralelos (ya no tiene sentido seguir llamándolos “alternativos”) o que surge, como es el caso, de su propia matriz originaria.

En medio de esta encrucijada, el trabajo de la crítica tampoco puede limitarse a invocar las viejas certezas ni a la exégesis de los cauces genéricos conocidos. “Armarse a costa del enemigo…, hurtar, expropiar, recuperar…”, aconseja Nicole Brénez en su artículo. Hagamos lo propio: dirijamos nuestra mirada hacia lo que se nos oculta, volvamos del revés los materiales que se nos ofrecen, sometámoslos a reexamen, confrontemos puntos de vista, cuestionemos la realidad mediática.