Carlos Losilla
Un historiador argentino becado en Madrid (interpretado por el crítico de cine Roger Koza, espléndido) investiga la figura del español Juan Bialet Massé, autor de un Informe sobre el estado de las clases obreras en la Argentina de principios del siglo XX. Una actriz (Eva Bianco) llega a la misma ciudad para instalarse un tiempo en ella. Ambos se conocen en el Museo Reina Sofía y congenian, conversan, conciertan alguna que otra cita. Una voz en off narra sus peripecias, sus movimientos, sus desplazamientos. Unos cuantos emigrados latinoamericanos hablan frente a la cámara de su experiencia laboral en España, al igual que lo hace un experto catalán en la figura de Bialet, filmado como si se tratara de una entrevista que a su vez formara parte de un documental. La voz del historiador también comparece fuera de campo, leyendo fragmentos del informe. El título —A veces me entra tristeza, otras veces rebelión— es un verso que pertenece a una canción de Atahualpa Yupanqui… Los materiales que María Aparicio utiliza en su último largometraje son muchos y variados, en ocasiones heterogéneos y contradictorios, y a su vez se ven obligados a enfrentarse a una puesta en escena de transparencia prístina, de colores muy puros, así como a encuadres de intachable precisión, siempre de gran claridad.
La tensión entre el barroquismo de los puntos de partida y la nitidez del relato y la planificación da forma a un film multiforme, pero nunca esquizofrénico. Y todo ello estalla en varias ocasiones, pero sobre todo en una escena modélica en la que el historiador y la actriz discuten sobre las formas políticas del presente: ¿cómo debe el artista hacer frente a una realidad insoportable, por ejemplo la Argentina de Milei o la situación de los jóvenes, su parálisis laboral o la imposibilidad de tener vivienda propia? Es entonces cuando el caos y la línea recta se confunden y componen un panorama abstracto, de manera que el cuadro cubista se convierte en laberinto geométrico. Puede que crear ideas políticas desde el cine, por ejemplo, sea una ingenuidad, puro espejismo producto de un cierto privilegio no reconocido, pero también se trata de una responsabilidad estética: si el film de Aparicio parece radicalmente político es porque filma Madrid como ciudad siempre en construcción, porque se acerca a Bialet sin sentar cátedra, porque muestra a los visitantes a la vez en tránsito e integrados, porque construye una zona de líneas cruzadas que no se puede interpretar porque todavía no ha tomado forma definida. Como La noche está marcándose ya —codirigida por Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas, aquí productores y técnicos—, el film de María Aparicio sucede en el ‘mientras tanto’ de estos tiempos, y en esa frontera deja que vaguen siluetas inacabadas con las que podemos interactuar. Nos acoge, nos protege.











